En dónde o en quién está depositada la esperanza de los ciudadanos es, en estos momentos, una de las grandes incógnitas. Las encuestas del CIS no resuelven nada. No hay un político que llegue al aprobado; aunque el partido que gobierna cae en picado, no se atisba aún una alternativa que ilusione, y, para completar el deprimente cuadro, solo el paro y la situación económica -que, por otra parte, tiene mucha relación con lo que sigue- son para los españoles problemas peores que los políticos y la corrupción.
Y ese es el resultado de la opinión pulsada antes de que el escándalo Bárcenas viniese a hacer más irrespirable esta atmósfera de ciénaga. Seguramente a pocos importarán los dictámenes de los peritos sobre la caligrafía del extesorero del PP. Las piruetas contables y semánticas -ahí no están fuertes- que quieran hacer para ensombrecer una vez más la trampa compartida de la financiación ilegal y corrompida de los partidos políticos no podrán tapar la boca a un número cada día mayor de personas desoladas. Porque las circunstancias de sacrificio al que nos están sometiendo se pega de bruces con las sospechas de sobresueldos, ingresos disimulados en dietas y el confeti.
Para seguir introduciendo notas desesperanzadoras, sale a escena una expresidenta presuntamente jubilada, partícipe de la dirección del partido durante esos años puestos en tela de juicio, envuelta en la sospecha de compra de voluntades de diputados rivales para acceder al poder. Y pretende presentarse como la campeona de la regeneración que, no hay duda, necesita la política. Pero no parece que resida en ella la esperanza de la gente que está harta.