En 24 horas hemos podido escuchar dos expresiones que demuestran cómo anda el sentimiento ciudadano. Una ha sido en el Congreso de los Diputados, donde Ada Coláu, de Afectados por la Hipoteca, llamó «criminal» al representante de la banca que asistía a una sesión informativa, y se negó a retirar la calificación. Ese es el estado de ánimo de los desahuciados, por mucho que hayan pactado los grandes partidos. La otra, en la calle, donde Bárcenas fue increpado por el público a los gritos de «ladrón», «chorizo» y «a la cárcel». Supongo que nadie esperaba que el antiguo tesorero del PP fuese recibido con muestras de simpatía, porque cada día se afianza más como enemigo público número uno. Mientras no se demuestre la contrario, para multitud de ciudadanos es la encarnación de todos los males de la corrupción. El pueblo le llama con palabras del pueblo lo que ha leído en los medios de comunicación.
Me temo que, si algún día es llamado a la fiscalía o al juzgado alguno de los señalados como perceptores de sobresueldos del PP, lo recibirán de la misma forma. La gente está harta, y de hecho expresa su hartazgo cuando tiene a un político delante, sea del poder o de la oposición. Al menos en Madrid, ciudad donde resido, la gente vive en un estado de cabreo que no oculta. Hay dirigentes políticos que no pueden salir a la calle, porque los insultan. Basta que preguntes a alguien cómo le van las cosas, y suelta un torrente de indignación. A los periodistas nos increpan por la calle y nos exigen más dureza en los comentarios. Y se mezcla todo: la crisis económica, la falta de democracia o la corrupción.
Esto es muy grave. Está muy dicho, pero significa una desafección de las instituciones que podría llegar a poner en peligro la democracia. Y, en cuanto a los incidentes callejeros, está claro que basta cualquier cerilla, cualquier exceso de la policía en una manifestación, para que se produzca un incendio social de imprevisibles consecuencias.
No sé si nuestra clase política tiene conciencia de ese sentir de la calle. Está en las encuestas, pero un estudio sociológico es frío y no recoge los sentimientos. Cuando oigo que el episodio de los sobresueldos puede eternizarse en los juzgados (se habla de 20 años), en la mente del ciudadano empieza a sonar a impunidad. Hay que encontrar la forma de agilizar esos procesos. Si los dirigentes del PP son inocentes, para que se proclame su inocencia; si son culpables, para que lo paguen ya. Hay que habilitar algún procedimiento de urgencia, algún juez de apoyo, los medios que sean precisos, para no irritar más a la opinión. Porque la mezcla de paro, hambre y corrupción es explosiva. Y cuando algo es explosivo, termina por explotar.