No ha hecho más que empezar. Y tiene muy mala pinta. Rajoy salió el sábado a intentar calmar los ánimos, pero solo ha logrado poner en marcha la cacería. El primero en disparar ha sido Rubalcaba. Rajoy le provocó y el líder socialista le respondió ayer exigiendo su dimisión. La premura del líder socialista tiene un tufillo a oportunismo que recuerda, y mucho, al famoso «váyase, señor González», de Aznar. Rubalcaba no tiene ninguna opción y su repentina agresividad responde tanto a motivaciones internas como a su intención de aprovechar que la presa está herida. Y ese es el verdadero problema. Que el presidente está herido. Aún es pronto para valorar la gravedad de las lesiones, pero hoy podremos tener una primera aproximación, durante su encuentro con Merkel. En Alemania tendrá que enfrentarse a la prensa, lo que no quiso hacer aquí. La presión de los socios europeos y de los mercados será asfixiante si barruntan un presidente debilitado. Rajoy mantiene su legitimidad electiva, pero la política, la que fortalece su poder con el apoyo y la confianza ciudadana, está en entredicho. Esa fragilidad mina la capacidad del país para salir de la crisis. Esa sola amenaza movilizará en su partido a quienes temen verse arrastrados por la caída del líder. Estos sí son acosos peligrosos. Rajoy lo sabe bien.