La gravedad de la situación la expresan algunas convicciones sociales: el 96 % de los españoles de 18 y más años creen que existe corrupción en la vida política, el 95 % que los partidos tapan a sus corruptos, el 81 % que crean problemas en lugar de resolverlos, porque defienden sus intereses en lugar del interés general (88 %). Para hacernos una idea de la magnitud del problema, la percepción de que existe corrupción política en el promedio de los Estados africanos es del 72 % (Gallup, 2007), 24 puntos menos que en España. Sin confianza en los políticos el representante popular cae en desgracia: 9 de cada 10 electores reducirían el número de concejales y de diputados de todo género. Desconfían de Rajoy y de Rubalcaba idéntico porcentaje, el 84,7 % (CIS, octubre del 2012), y en general, la confianza en los partidos del siglo XX se ha desvanecido. El problema se agrava con la quiebra del consenso autonómico que ya hemos comentado, pero sobre todo por la convicción de que la crisis no la pagan los bancos ni los ricos (91 %), o que pagan menos impuestos de los que les corresponden (88 %, CIS, octubre del 2012). «Si España no estuviera en el euro, el Parlamento de Cataluña ya habría proclamado la República para luego arreglar los flecos», podría ser un pensamiento sintético del dónde estamos.
Pero no hay problema que no tenga solución: aprueban al príncipe Felipe el 66% de los españoles de 18 y más años, consideran que está preparado para la sucesión el 79% y que esta se produciría con normalidad, el 76%, a pesar de que se declaran republicanos, el 37 % (Metroscopia, 2012). La solución se orienta hacia la abdicación del rey para finalizar una etapa e iniciar otra donde se establezca una nueva Constitución que defina un Estado de nueva planta capaz de resolver los problemas territoriales; una etapa donde desaparecen los interlocutores políticos del siglo XX, ahora despreciados.
Y tiene que ser necesariamente así, no hay soluciones sin enterrar lo viejo porque lo exige la generación más joven, los que aún no han cumplido los 40 años, nacidos en 1974 o con posterioridad, que suman ya 11,5 millones de electores, el 34 % del censo (y aumentando). Esta generación, que se quedó sin futuro en meses, recibe un orden elaborado por las dos anteriores que no le sirve, que no le representa. Hablamos de los ciudadanos nuevos del mundo global, mucho más informados y críticos, dueños del presente y protagonistas del futuro. No les sirven, en definitiva, los viejos partidos vanguardia del siglo XX que protagonizaron la transición del franquismo a la democracia. Y parece razonable que así sea: la vanguardia son ellos.