El déficit de sentido común

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

31 ene 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Les juro que no lo entiendo. Los médicos suelen tener una letra endiablada, pero la de Olli Rehn se lleva la palma. Nos ha visitado a domicilio, nos ha auscultado y, después de verificar que estamos cumpliendo sus prescripciones a rajatabla, considera «vergonzoso» nuestro estado de salud, reflejado en seis millones de parados y en más de la mitad de los jóvenes con el culo al aire. Pero, en vez de sonrojarse al comprobar los efectos nocivos de su jarabe, se quita de en medio. Como si la cosa no fuese con él. Echa la culpa al paciente, le aconseja que tome más el aire y le apremia a que siga tragando la pócima recetada.

Como comisario de Asuntos Económicos, Olli Rehn no debe olvidar que es corresponsable de la dieta. Recordemos que el purgante tenía por objeto corregir los michelines del sector público y rebajar el sobrepeso de los costes laborales para así «restaurar la competitividad menguante». Austeridad pública y devaluación interna, en la jerga de los economistas. Estricta dieta de pan y agua con el doble objetivo de mejorar la figura y diluir los trombos que obstruyen las arterias. Pongan ustedes en orden las cuentas públicas, regeneren la confianza de los inversores y el crecimiento y el empleo caerán del árbol de la economía como fruta madura.

¿Y qué hemos conseguido? La liposucción no ha servido para eliminar la grasa y estilizar la silueta, pero nos ha conducido a la anorexia. El propio Olli Rehn admite que, tras ingerir grandes dosis de austeridad compulsiva, «cada vez estamos más endeudados». A partir de esa constatación, cualquier persona sensata esperaría que el facultativo cambiase el tratamiento. Pues no.

¿Y qué hacemos con el cáncer del desempleo? El comisario lo tiene claro: acabar con «los obstáculos» a la contratación. Suponemos que eso significa reformar la reforma laboral. Rizar el rizo. Dice también que la Comisión Europea está «en contra de que se ataquen los derechos de los trabajadores». A buena hora. La normativa en vigor, tan aplaudida en Bruselas, ya removió «los obstáculos» al despido, a la reducción salarial y a la movilidad laboral. Y con los resultados que eran de esperar. Vaya usted a saber de qué va ahora la contrarreforma sugerida.

En realidad, detrás del galimatías retórico se esconde una actitud vergonzante. Falta valentía para reconocer que los sacrificios exigidos, además de estériles, han empeorado las cosas. Que la política de empobrecimiento no genera puestos de trabajo: los destruye. Que el problema del déficit público empalidece ante el déficit de sentido común que padecen los gobernantes. Por eso no sorprende en absoluto la respuesta de Olli Rehn al ser preguntado por el futuro de España: «Soy comisario, no adivino».