La culpa es de esos malditos alemanes, que se dedican a ahorrar de manera irresponsable, en lugar de consumir como si no hubiera mañana. La obsesión española y de buena parte de Europa por responsabilizar a Alemania de todos sus males está alcanzando tintes patológicos. Leyendo los periódicos estos días, uno podría pensar que no solo la economía de España, sino la del planeta entero, depende del más mínimo gesto de Angela Merkel. Una responsabilidad que debe de ser abrumadora para la canciller.
La tesis, expresada sin complejos, es que mientras nosotros ahorramos lo justo, Alemania debe hacer una política expansiva para que podamos crecer. Porque si Alemania no gasta, no crece Europa. Y si Europa no crece, EE.UU. se estanca. El progreso mundial depende, al parecer, de que 80 millones de alemanes engorden la factura de su compra en el Lidl de su barrio. El mundo no empezará a girar, nos dicen, hasta que Merkel no les suba el sueldo a los alemanes y les baje los impuestos para que gasten a manos llenas. Y, si no lo hace, es solo para fastidiar a España.
Después de comenzar echándose en brazos de la canciller alemana como un Marco que hubiera encontrado por fin a su mamá, Rajoy termina asumiendo la tesis zapateril de que nuestro futuro depende de lo que se decida en Berlín, y no de lo que hagamos en Madrid, Santiago o Barcelona. Y ese discurso, además de peligroso, es desmotivador. El papel de Alemania como locomotora de Europa es obvio. Pero sentarse a esperar a que arranque es suicida. Quizás ayude también a nuestra credibilidad evitar esperpentos como el de Amy Martin, el duque empalmado o Montoro diciendo en el Congreso que no sabe si Bárcenas se acogió a la amnistía fiscal. De eso, no tiene culpa Alemania. Rajoy yerra sumándose al sermón victimista, aunque Merkel sobreactúa poniéndose a la defensiva y dudando del esfuerzo de España.
La semana pasada asistí a la colocación de la primera piedra del nuevo Colegio Alemán de Madrid. Y en ese pequeño acto, alejado de los focos, escuché discursos más cercanos a la realidad y sin mutuos reproches demagógicos. El ministro de Educación, José Ignacio Wert, hiló una intervención brillante, alejada de sus habituales butades, en la que reconoció que España tiene mucho que aprender de Alemania, no solo en educación, y que ambos tienen mucho que ganar si colaboran. El titular de Exteriores alemán, Guido Westerwelle, admitió en un vibrante discurso el gran esfuerzo de España y aseguró que Alemania le ayudará a salir de la crisis porque es bueno para todos. Y, en efecto, algo deben confiar los alemanes en el futuro de España cuando ese Colegio Alemán de Madrid es la mayor obra civil que han construido fuera de su territorio y en la que el Estado germano invertirá 50 millones de euros. Pero de esta no nos sacará Merkel, sino nuestro esfuerzo. Y culpar de todo a Alemania es tan fácil como inútil.