Uno no quiere escribir siempre de política, pero está tan metida dentro de nuestros intersticios que se hace materialmente imposible mirar hacia otro lado. ¿Cómo ignorar declaraciones tan jugosas como las del socialista Óscar López, que dice en relación con Amy Martín que «los golfos salen inmediatamente del partido»? ¿O como las del popular Alfonso Alonso (a sus padres ya les vale), al que le resulta «inverosímil» que los dirigentes de su partido recibieran sobresueldos? A ambos, con todo rigor, les respondo: ¡ja! Pero me voy a mi tema favorito de la semana: la efectista salida de escena de sor María, que se ha muerto dejando a sus víctimas con un palmo de narices. Sor María se ha negado desde el principio del proceso a colaborar con la justicia humana, y ha decidido con arrogancia comparecer ante la divina. Yo creo que se ha equivocado. No me imagino a san Pedro abogando por ella ni mucho menos a san Agustín, el argelino, por poner un ejemplo. Otra cosa sería san Pablo, que como todos saben era un trepa y un arribista. Pero a Dios no se la dan con queso, y no va a perdonar a una mujer que quiso usurpar sus funciones en la tierra. Las monjitas -tan bonitas- piden respeto por el fallecimiento, que en nuestra sociedad la muerte redime cualquier pecado. La bondad de los muertos es como el Holocausto, que es delito negarlo. Y yo, qué quieren que les diga, me la imagino allá arriba, mirándonos desde una nube y tarareando: «Aquí no llega, la manga riega».