Aprincipios de curso una colega de otra universidad me pidió que pasara una encuesta a los alumnos sobre su consumo cultural: qué veían, qué leían, a qué jugaban y en qué redes se movían. Quería cotejar los resultados con los de los suyos. Hice las encuestas y las miré antes de enviárselas. Muchas de las respuestas me las esperaba: ven mucho cine, pero no van al cine; y muchas series, pero también en Internet. Por supuesto, ocurre lo mismo con la música, pero no imaginaba que casi todos los libros que leen los leen también en la Red. Bastantes de las obras me resultaban desconocidas, especialmente en los capítulos de juegos y series.
Me dije que, si quería enseñarles bien, tenía que saber de qué se alimentaban. Empecé poco a poco. Una alumna brillantísima me ayudó con lo de las series y me preparó unas sinopsis de las más vistas, que incluía clips y un capítulo representativo. Con semejante ayuda, despaché la cosa relativamente rápido. Tenían en común varios elementos: una historia ágil y amena, rápida; mucha sangre y no poco sexo.
Todas menos una procedían de canales premium americanos, más transgresores, por lo visto, que los otros. Pero luego quedan disponibles en Internet gratis y en cualquier horario. Ciertamente, hay menos pistolas y tiros que hace años, pero abundan las espadas, los ganchos, los bisturís: la sangre que sale a borbotones y salpica la cámara. Primitivismo con ínfulas históricas, en varios casos. Sexismo, en otros. Reconozco que no aguanté la mirada en bastantes escenas. Puede que me esté haciendo viejo. Puede que no. Pero me preocupa el siguiente paso: estas cosas siempre exigen más.