Italia es fascinante. Siempre. Y las elecciones que se aproximan lo serán todavía más. Jamás la derecha ni la izquierda se olvidaron del centro que le dio la hegemonía a la democracia cristiana durante décadas. Los de Berlusconi siempre se proclamaron de centroderecha. Y la izquierda y sus plataformas son de centroizquierda. Cuando mejor pintaba para el candidato de la izquierda, Pier Luigi Bersani, resulta que irrumpe Monti por el sitio que hace más daño: el centro político. Un poco como sucede en España desde que lo inventó Suárez: sin centrarse no hay victoria final. La irrupción de Monti rompe el bipartidismo y altera los equilibrios de fuerzas. Sin él, era creíble que a una izquierda muy movilizada le llegase su oportunidad. Pero con Monti como cartel, el escenario se multiplica. Su coalición está cosechando apoyos en la derecha y en la izquierda más moderada. Y, a pesar de todas las medidas impopulares que el hombre de Bruselas tuvo que tomar, su imagen de gestor aún le ayuda. Las lecturas son muchas. ¿El declive del eterno Berlusconi, la izquierda enrabietada por los ajustes de Bersani o un Monti que ya tiene el apoyo del Vaticano?