Lo digo con toda claridad: el problema de la estabilidad de España, porque es el problema de la estabilidad de la monarquía, se llama Iñaki Urdangarin. Lo viene siendo desde que se conocieron sus ilícitos negocios, pero desde ayer lo es mucho más. Los correos que su socio Diego Torres entregó al juez abren nuevas vías para el escándalo, porque hablan de dinero enviado a Inglaterra; porque denuncian al duque de Palma como organizador de todo ese tinglado de extracción de dinero y, sobre todo, porque incorporan el nombre de la noble de origen austríaco, nacionalidad alemana y residencia en Mónaco, Corinna Sayn-Wittgenstein, que pasa por ser amiga de don Juan Carlos.
Los documentos aportados por Torres pueden ser todos los que tiene en su poder, o pueden ser solo una parte: una forma de amenazar a Urdangarin y a la propia Corona con sacar a relucir todo lo que sabe. Dicho de otra forma: es muy probable que Diego Torres, acorralado por su horizonte penal, trate de apartar de su persona toda responsabilidad, y por ello culpa a Urdangarin de ser el alma mater. Y no descarto que trate de asustar a la propia Corona, para que sea el Estado el encargado de rebajar la presión judicial. Sea lo que sea, este caso acaba de entrar en una nueva y delicada fase tras unos meses de tranquilidad. Y lo peor: acaba de crear un nuevo escenario incómodo para la Corona.
Ese es el marco de la situación. Y miren ustedes: la cacería de Botsuana estuvo mal, pero el rey ha tenido la grandeza de pedir perdón y a mí me parece que tiene todo el derecho a que se lo otorguemos. La vida sentimental de una persona es igualmente respetable si se trata de un plebeyo o del jefe del Estado. Pero eso de la amiga aprovechada por el yerno para dar realce a sus oscuros negocios es, sencillamente, intolerable, denúncielo un chantajista o una investigación judicial. No es un delito acudir a un acto de Nóos. Es peor: es un juego irresponsable con el prestigio del rey. Es fomentar especulaciones que le pueden costar caras a este país.
Desde la lealtad más absoluta a la Corona, desde la confesión del cariño que profeso a su majestad, y desde la gratitud que le debo como ciudadano, llamo a la puerta de la Zarzuela y digo: señor, si es precisa una nueva declaración, hágala; pero, aunque sea doloroso por los vínculos familiares, a este pueblo hay que decirle, primero, que el rey y el resto de la familia real han sido burlados en la confianza depositada en Urdangarin; y, segundo, que la Corona estimula a la Justicia para que siga investigando con toda libertad en busca de toda la verdad. Y solo añadiría esta frase: el mejor rey que ha tenido España no merece el oprobio que le causa el yerno Urdangarin.