Banqueros

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

La crisis ha sembrado el mundo de desacertados cadáveres económicos y de acertadísimos forenses. Arrecian los diagnósticos de la miseria. Vivir por encima de nuestras posibilidades. Gobernar por debajo de ellas. Y especular de palabra, obra y omisión. Sobre todas las cosas. Nadie tiene las soluciones y es fácil acertar con los problemas. «No conceda créditos que no estén asegurados más allá de toda contingencia razonable. No haga nada para animar o promover la especulación. Facilite solamente las transacciones que sean legítimas o prudentes». Esas proclamas serían puras obviedades si se hubieran lanzado al aire después del cataclismo. Pero precisamente su valor reside en su fecha y en su autor. Porque son recomendaciones realizadas en 1863 por el estadounidense Hugh McCulloch, interventor de la moneda que llegó a ser secretario del Tesoro. Ciento cincuenta años contemplan estos consejos. Es doloroso repasarlos, porque en el sur de Europa las palabras suenan a esa regañina paternal pero tardía. O peor. A epitafio. Aunque otros países con mejor reputación también podrían darse por aludidos en otra parte del discurso. «Si tiene razones para desconfiar de la integridad de un cliente, ciérrele su cuenta». Muchos millones oscuros dejarían de llover sobre ciudades relucientes y muy civilizadas. Son apuntes que, sin duda, se traspapelaron en el Banco de España y en otras instituciones hermanas o primas bastardas y en tantos Gobiernos que no recordaron, como dijo McCulloch, que «los espléndidos financieros, en el mundo de la banca, son generalmente farsantes o truhanes».