¿Es viable esta Galicia?

OPINIÓN

07 ene 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Si tomásemos al pie de la letra la noticia que leíamos ayer en estas páginas -«Por cada pensionista en Galicia hay 1,2 trabajadores, por 2 en España»- el milagro gallego de Núñez Feijoo ya no sería posible, porque no tendríamos ninguna capacidad de mantener el papel vertebral de las pensiones. Pero el problema no terminaría ahí, porque muchos de nuestros servicios e infraestructuras solo son posibles en la medida en que, agrandando el espacio de referencia, entre el noroeste peninsular y la Unión Europea, podemos compensar con trasvases territoriales o sociales los costes de un modelo de vida que, más allá de no corresponderse con nuestra realidad económica, se va alejando progresivamente de cualquier criterio de viabilidad.

A pesar de los dos discursos extremos -el del BNG, que insiste en que somos ricos expoliados y que el arreglo puede venir de la autodeterminación, y el del PP, que nos hace sentir campeones de la buena administración sin preguntarse de verdad qué es lo que administramos-, la dura verdad es que ambos enfoques son, en tiempo presente, falsos de toda falsedad, y que todos los pronósticos de país -demografía, crecimiento económico, recursos fiscales y capacidad de reconversión a la nueva economía- dibujan el negro panorama de un país en recesión, que en menos de cincuenta años podría haber perdido cerca de un millón de habitantes y haberse convertido en un asilo gigantesco decorado con cuatro multinacionales.

El corolario de este análisis, que puede matizarse pero no cambiarse, es que la presente generación se está comiendo el país, y que si no cambiamos radicalmente la economía productiva, el coste de los servicios y la forma en que usamos los recursos disponibles -entre ellos el territorio-, perderemos muy pronto la capacidad de reacción, y ya no podremos ser salvados ni siquiera por una presunta avalancha de extranjeros que lleguen al Fogar de Breogán de la mano de una buena racha de la economía española y europea. Porque vivimos en un país con pocos posibles cuyo funcionamiento resulta excepcionalmente caro.

Hoy empieza la cuesta de enero de un año que es, en sí mismo, fuertemente empinado, y que se enmarca a su vez en un lustro negro de crisis y repechos. En las proyecciones de futuro, en las que muy pocos nos atrevemos a pensar que estamos tocando fondo, nadie cree que pueda volver a corto o medio plazo el tiempo de las vacas gordas. Y por eso estamos en uno de esos momentos históricos en los que, en vez de asirnos a la retórica del ir tirando, cuyas expectativas están agotadas, deberíamos poner sobre la mesa las grandes y duras reformas estructurales que pueden cambiar el duro destino que presagian los datos y evoluciones actuales. Lo otro -seguir pensando que la solidaridad española y europea son soluciones eternas- equivale a un suicidio.