C ada nuevo año trae la esperanza de un mundo mejor. Reclama un compromiso renovado para buscar la paz. «La paz no es un sueño, no es una utopía: la paz es posible», decía ayer Benedicto XVI. «La ética de la paz es ética de la comunión y de la participación». Comparto su crítica a que «el crecimiento económico se ha de conseguir incluso a costa de erosionar la función social del Estado y de las redes de solidaridad de la sociedad civil, así como de los derechos y deberes sociales». No harían mal Rajoy y Feijoo, entre otros, en atender la receta del papa para salir de la actual crisis financiera y económica: «Se necesitan personas, grupos e instituciones que favorezcan la creatividad humana para aprovechar la crisis para alumbrar un nuevo modelo económico. El que ha prevalecido en los últimos decenios postulaba la maximización del provecho y del consumo, en una óptica individualista y egoísta, dirigida a valorar a las personas solo por su capacidad de responder a las exigencias de la competitividad. Desde otra perspectiva, sin embargo, el éxito auténtico y duradero se obtiene con el don de uno mismo, de las propias capacidades intelectuales, de la propia iniciativa, puesto que un desarrollo económico sostenible, es decir, auténticamente humano, necesita del principio de gratuidad como manifestación de fraternidad y de la lógica del don. En concreto, dentro de la actividad económica, el que trabaja por la paz se configura como aquel que instaura con sus colaboradores y compañeros, con los clientes y los usuarios, relaciones de lealtad y de reciprocidad. Realiza la actividad económica por el bien común, vive su esfuerzo como algo que va más allá de su propio interés, para beneficio de las generaciones presentes y futuras».