La limosna de la comprensión

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

El presidente del Gobierno nos ha pedido comprensión. Sabe que la tiene. Posiblemente no hubo un gobernante en España que haya trabajado más, a pesar de su vieja e injusta fama de indolente. Viajó más que nadie, y ayer lo dijo: pisó 29 países en un año. Firmó más decretos al mes que nadie. Estuvo más en los centros de poder europeos que en visitas políticas por España. Afrontó reformas y se atrevió con recortes sociales que, si los hubiese hecho Zapatero o Rubalcaba, serían duramente calificados por él. Como él mismo dice, nadie lo puede acusar de hacer estado inactivo. Tiene toda la comprensión. Y si hace falta expresarle gratitud por el esfuerzo, tampoco hay inconveniente.

Por eso me pongo en su piel, y tengo que pensar que es un hombre que sufre. Se tiene que sentir injustamente tratado por la sociedad a la que sirve con tanto sacrificio. Recibe elogios de otros gobernantes, que ensalzan su valentía y la buena dirección de su política. Pero se pregunta a los ciudadanos españoles, los destinatarios de esa política, y están descontentos. Ayer mismo, un poco antes de que compareciera ante la prensa para hacer su balance del año, el Euskobarómetro decía que el 81 % de los ciudadanos vascos desaprueban su gestión. Otros sondeos efectuados en el resto de España ofrecieron un resultado similar. Hay una barrera entre el Rajoy casi esclavo de su alta responsabilidad y el contribuyente; una barrera de incomprensión.

Quizá sea, no lo sé, que las expectativas de hace un año no se pudieron cumplir. Quizá ocurra, puede ser, que el ciudadano no tiene conciencia de que Rajoy lo ha sacado de esa quiebra de un déficit del 11 % que ayer blandió ante los periodistas. Quizá suceda, es posible, que los tiempos de Rajoy son tiempos de siembra, y los tiempos del ciudadano son tiempos de impaciencia. Y quizá esté pasando, esto es seguro, que la gran labor que Rajoy se atribuye con todo merecimiento está dando los frutos contrarios a los buscados: donde iba a haber contrataciones hay despidos; donde crecimiento, más hundimiento en la recesión; donde abundancia, pobreza; donde estímulos, resignación.

El caso es que pasó un año y seguimos esperando, entre noticias de regulaciones de empleo y avisos de que 2013 será todavía peor. La economía se animará, si Dios quiere, allá a finales de año, en espera de un 2014 donde podremos empezar a sonreír. Si es así, para entonces nos dirán que las reformas y sacrificios están dando sus frutos. Yo habré empezado a pensar que la economía reacciona cuando quiere, y no cuando lo disponen los deseos del gobernante. Mandan las previsiones de los gabinetes de análisis. Al gobernante solo le queda pedir la limosna de la comprensión.