Difícil y riguroso. Así es el presupuesto de la Xunta para el año 13, según describieron ayer el presidente y su conselleira de Facenda. En efecto, difícil y cargado de rigores parece que llega el nuevo año, en el que, si los brotes verdes que creyó ver la ministra de Zapatero no fuesen un espejismo, estaríamos en disposición de afrontar una nueva primavera económica.
Pero no. Y la prueba del efecto demoledor de una crisis que no acaba es que en las cuentas de la Xunta para el próximo año el 77 % es lo que se denomina gasto social. Y que el presupuesto para la risga -la pequeña renta que perciben algunas familias sin ningún otro recurso- ha tenido que incrementarse en un 38 % porque cada vez son más las necesidades. Al igual que la Xunta, muchos concellos están exprimiendo los números para hacer frente a necesidades más acuciantes. Es obligado, claro, pero también es la constatación de que el pozo era incluso más profundo de lo que podíamos imaginar.
Por ello no puede extrañar a los encargados de administrar los menguados recursos que los contribuyentes no se conformen con el meritorio intento de tapar agujeros. Tiene que haber otras alternativas para regenerar un entramado en demolición, porque de lo contrario, sin actividad que genere riqueza y recursos públicos, a la vuelta de poco no habrá ni para los baches. Inquieta mucho a estas alturas, cuatro años después de comenzar la cuesta abajo, la sensación de que las políticas de recuperación son palos de ciego. Acciones sin convicción y que, en todo caso, responden a intereses diferentes a los de la gente que sufre. En nombre del mercado, el recorte no puede ser infinito.