Justo antes del terremoto Tito, el Barça ató hasta casi el fin de sus carreras a tres de sus jugadores clave: Xavi, Puyol y, por supuesto, Messi. Los dos primeros ya tendrán una edad, cuando finalice el nuevo contrato, como para colgar sus botas. Messi firmó hasta los 31 años. Pero el auténtico eje del juego del equipo es Xavi, el metrónomo. Siempre lo comparan con un director de orquesta por su manera de marcar el tempo de los partidos, por cómo convierte los combates en sinfonías. Nació en el 80, y con ocho años ya lucía el brazalete de capitán en las categorías inferiores. Debutó en el 98, en una Supercopa contra el Mallorca. Es el hombre de los títulos, con el club y con la selección. La lista es interminable. Su presencia sobre el césped garantiza el equilibrio. Desde atrás construye. Más adelantado, como ha jugado con la selección y con el equipo, provoca pases imposibles. Conoce también el sabor del gol. Ama el fútbol. Y él mismo considera probable que, con los años, se dedique a entrenar. Y es que el puzle del juego está en su cabeza de una forma privilegiada. Es tan sensato que abruma. El sentido común aplicado a la pelota.