Un informe del comité organizador de los últimos Juegos Olímpicos detalla que más de la mitad de las entradas de las pruebas más importantes estaban reservadas para vips. Unos dos millones de británicos que no figuraban en esa amalgama de personas supuestamente importantes intentaron comprar sin éxito sus entradas. Es la materialización de la filosofía que triunfa. A los ciudadanos anónimos se les venden proyectos que necesitan de fondos públicos y que se adornan con lacitos enternecedores que apelan al espíritu de la comunidad: «del pueblo», «de todos», «para todos». Esos mismos abnegados contribuyentes que pagan gran parte de la factura de la fiesta difícilmente consiguen después rifas para los mejores asientos. Compromisos y más compromisos. Pero el resultado final a veces ni siquiera es satisfactorio para los privilegiados que casi llegan a salpicarse con la sangre proveniente de la lucha por la esquiva gloria. En la final del Eurobasket del 2007, disputada en Madrid, la selección española cayó ante Rusia. Una derrota agónica de las de manual. El anfitrión asaltado. Decepción generalizada. Alguna crítica apuntaba a la frialdad del público y lanzaba una nueva ecuación que indicaba que el elevado porcentaje de vips presente había provocado un descenso imprevisto en el calor de la grada. Ya se sabe que los caminos fáciles enfrían el hambre y el ímpetu. Quizás, en coherencia con lo absurdo, lo normal es que Madrid siga presentando su candidatura olímpica. Con un poco de suerte, una buena parte de los que engordaron sus cuentas con malabarismos bancarios y otra suerte de atropellos legales se quedarán con los sitios preferentes. Una trágica ironía.