Cuando uno se dedica al arte y es conocido solo por su apellido, es que la fama convive con él. Fogwill nunca fue Rodolfo Enrique Fogwill. Fue Fogwill. Y fue niño terrible de la letras argentinas hasta que murió con 69 años. Mantuvo el paso contracorriente hasta cuando despeinaba canas. Hace poco la televisión dio una de las pocas alegrías que se observan en esa pecera. Ponían un documental sobre Fogwill, titulado El último viaje. Un hermoso trabajo que mostraba su última excursión a Madrid, un 21 de agosto del 2010; apenas dos semanas después moría. Fogwill se comporta en España como el irreverente que tiene que ser. Representa a la perfección ese papel. Él, que triunfó en el mundo de la publicidad antes de pasarse a las letras, está espléndido dialogando con aspereza con el público y es capaz también de la ternura. En el documental hablan sobre el artista otros escritores como Rodrigo Fresán o Patricio Pron. Fogwill solo quería ser libre, una aspiración tan difícil. Firmó ese cuento maravilloso Muchacha punk, el libro sobre las Malvinas Los pichiciegos y esa novela corta inolvidable Help a él, El Aleph de Borges, al revés, sobre un amor de espejo.