Nadie lo tendrá fácil, Cataluña tampoco


C ataluña no es un problema menor. Un país que representa, además de casi la quinta parte del PIB de España, un modelo económico, cultural e intelectual para el imaginario de los españoles, no debería de jugarse a órdagos de mus. Por más que las aguas del Gobierno Zapatero y su apoyo a un Estatuto catalán auspiciado por el Gobierno Maragall pasaran de ser solución a problema, no es menos cierto que han sido las cerradas posiciones del Partido Popular, su recurso y sobre todo el discurrir de tal recurso en un Tribunal Constitucional bloqueado por el propio PP, y las siempre descaradas artes procesales del ahora embajador Trillo, más los encendidos boicots mediáticos, las que llevaron a una ruptura social y política con la ciudadanía catalana.

El sistema de financiación autonómica nunca fue ventajoso para Cataluña. Sobre todo porque enfrente tenía balanzas fiscales favorables para muchas otras autonomías, por aquello de la solidaridad entre ricos y pobres, pero sobre todo tenía enfrente la singularidad -otros dicen privilegio- de los conciertos forales vasco y navarro.Probablemente, si Maragall y su Gobierno, y antes Pujol y CiU, hubieran planteado la reivindicación sobre el concierto económico y no un Estatuto identitario, o bien el Estado (populares y socialistas) hubiera reconocido la desigualdad catalana, la articulación de España podría ahora tratarse sin el encono y la crispación que se evidencian.

El presidente Mas encontró en la independencia el argumento político salvador de la contestación y el desgaste al que estaban abocados, luego de dos años de gobierno con crudos recortes económicos y sociales, semejantes a los que ahora nos impone en toda España el PP. Aventuro que el acuerdo alcanzado por CiU y Esquerra para convocar una consulta en Cataluña sobre la soberanía el 2014 podría ser la salvación del Gobierno de Rajoy si convoca elecciones entonces para confrontar soberanías -española y catalana-, ante la desafección que le están provocando sus políticas sin datos -patético Lasquetty sobre la sanidad madrileña- y agresivas para los ciudadanos.

Peor es el futuro de los socialistas, de los que nadie sabe hoy qué quieren, para ellos y nosotros. Predicción fácil si recordamos su espectacular caída también en Cataluña, y la credibilidad derramada con el apaño gratuito de esa reforma psicodélica de la Constitución, y otras hijuelas políticas de la troika.

Pero en un Estado articulado sobre la hegemonía alternativa de socialistas y populares, incapaces hace tiempo de crea respacios de consenso político -imposibles en la ideología FAES-, con una valoración de los partidos por los suelos, sin el menor atisbo de regeneracionismo y los dos a la baja, el problema catalán es de todos. También para los propios catalanes de nación, necesidad o corazón.

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