La culpa del PSOE es la disculpa del PP

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

20 dic 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Borrón y cuenta nueva. Con ese ánimo inició Mariano Rajoy su mandato. «No me voy a quejar de la herencia que reciba», declaró diez días antes de las elecciones que lo encumbraron a la presidencia del Gobierno. Llegaba dispuesto, como Fernando VII en 1814, a declarar «nulos y de ningún valor ni efecto, ahora ni en tiempo alguno», los hechos de sus predecesores. Fin de la etapa nefanda. «Como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo»: tal era la apostilla del rey felón.

Desde entonces, en el año transcurrido, Mariano Rajoy ha batido todos los registros en materia de incumplimientos. Todos y cada uno de los compromisos adquiridos han sido violados. Y no somos ingenuos. Sabemos que los políticos suelen olvidar sus promesas en cuanto cesa la fanfarria electoral. Pero que hagan exactamente lo contrario de lo anunciado ya no resulta tan frecuente. Y que se remitan a las deudas heredadas para explicar por qué no retoñan los árboles secos roza la desfachatez: ¿acaso, si la herencia de Zapatero fuese buena, hubieran cambiado los ciudadanos de administrador?

Un pequeño florilegio de frases, salidas de boca presidencial, dan idea de la magnitud del fraude. «Nadie en época de recesión y de crisis sube los impuestos». Será que el IRPF o el IVA no cuentan como impuestos. «Le voy a meter la tijera a todo, salvo a las pensiones públicas, la sanidad y la educación». Será que la negativa a actualizar las pensiones, el copago de fármacos o la reducción de médicos y profesores no se llaman recortes. «Yo no quiero abaratar el despido». Será que la nueva reforma laboral lo encarece. «No va a haber ningún rescate de la banca española». Será que la cifra de 40.000 millones de euros la hemos soñado. «No pienso dar ni un solo euro de dinero público a los bancos». ¿Necesitamos ampliar la muestra?

Y así, golpe a golpe, ha consumido Rajoy su primer año de mandato. Confiaba en celebrar el aniversario con algún logro que endulzara el paladar de un país abatido, pero las cuentas no le salen. Ni siquiera las del sacrosanto déficit público, en cuyo altar se han inmolado tantas promesas. Mucho menos las del paro, un siniestro ejército que este año ampliará sus efectivos con otros 800.000 soldados.

Para mayor inri, el trabajador despedido o de renta mutilada, la familia desahuciada y el autónomo abocado al cierre del negocio no entienden de macroeconomía. No se consuelan con la ventura que les aguarda a largo plazo. No comprenden que su sacrificio aumenta la competitividad del país y sienta las bases de un futuro esplendoroso. Ante esa falta de luces, a Mariano Rajoy no le ha quedado más remedio que atravesar la última frontera y quejarse del legado recibido. «Los socialistas -dijo- cargarán con una culpa histórica». La culpa -histórica- del PSOE se convierte de esta forma en la disculpa -actual- del PP por tanta atrocidad.