El año 13 empieza en martes

OPINIÓN

Está de Dios que el año próximo, que es el 13 del siglo XXI y empieza en martes, va a ser repinaldo y acongojante, ya que, a los consabidos problemas del paro, el cierre de las empresas, la reestructuración de los bancos y los recortes de bienes y servicios, se unen ahora un nuevo rescate -inminente e imprescindible-, unos nuevos condicionamientos -que van a afectar a las pensiones, a las jubilaciones, a la fiscalidad y al empleo público-, y un desánimo general que cunde especialmente en los agentes dinamizadores de la economía. Así que, en vez de seguir saliendo a la calle a decir que «recortando no se crece» -¡vaya chuminada!-, será mejor que nos atemos al mástil del navío, como hizo Ulises, para evitar los arrecifes.

Pero no todas las noticias son malas. Porque la economía también está afectada por el ciclo de descomposición y regeneración que mueve todas las vidas, y por eso cabe esperar que la dura crisis del año que viene no sea asimilable a la caída libre de los últimos tres años, sino a la que se deriva de una reestructuración del modelo que, al tiempo de enseñarnos la cara más dramática del proceso, también nos deja ver las hierbas que, flotando sobre las olas, nos anuncian la proximidad de la costa. Ya sé que resulta difícil decir esto cuando sobre Italia pende Berlusconi y sobre Francia los desajustes que fueron escondiendo debajo de la alfombra. Pero estoy convencido de que incluso estos malos signos traen un mensaje de esperanza, ya que no parece que la UE esté dispuesta a dejarse sorprender por nuevas galernas sin antes pertrecharse de recursos económicos, políticos y jurídicos para afrontarlas.

Alemania, con una Merkel electoralmente estabilizada, ya se deja querer por la idea de una pronta y eficaz coordinación bancaria de la eurozona, que, además de servir de base al crecimiento generalizado que se espera para el 2014, también obligará a las instituciones europeas a tratar en serio el problema del Reino Unido y su dualidad sistémica, que, en vez de apostar por una clara salida hacia más Europa, parece acariciar la idea de vivir eternamente sobre el filo de la navaja. A esto se suma la evidencia ya interiorizada de que la UE que conocemos necesita ganar normas, instituciones e instrumentos para una gobernanza más eficiente, ya que solo desde ella se pueden conjurar con garantías las crisis artificialmente generadas contra la falsa soberanía de las economías nacionales. Y por eso cabe esperar que Alemania no se siga viendo obligada a solventar con políticas de hecho los graves vacíos que muestra la Unión en el tiempo presente. Y eso es tanto como decir que el año que viene, que es 13 y empieza en martes, debería ser el último catastrófico. Salvo que Mariano Rajoy siga empeñado en hacernos ver que es el tiempo, y no el Gobierno, el que todo lo cura.