Los dos Egiptos


Si hay un país de los que, llamamos «árabes», con una identidad clara y definida, es Egipto. Su historia milenaria, cuna de una de las civilizaciones más antiguas, y su etnia claramente diferente de la bereber base de los magrebíes, sus vecinos occidentales; y de la semita, de sus vecinos de Oriente Próximo, hizo que su proceso de independencia fuera menos traumático desde el punto de vista territorial y social que en la mayoría de los países de su entorno. De hecho, en su seno nació el líder nacionalista más carismático y admirado del siglo XX, Abdul Gamal Nasser, y, paradójicamente, también, uno de los tres revitalistas musulmanes más influyentes, Said Qutub.

La deriva dictatorial del gobierno de Mubarak y la persecución tanto a los fundamentalistas musulmanes como a los intelectuales liberales, facilitó a ambos un objetivo común: el derrocamiento del gobierno corrupto para sustituirlo por una democracia. Fueron los demócratas, los que ocuparon la plaza Tahir consiguieron con su resistencia pacífica que Mubarak se marchara pero, serían los musulmanes fundamentalistas, bien organizados y con gran capacidad de convocatoria desde hacía décadas, los que se aprovecharían de ello y obtendrían la mayoría en las elecciones para el Parlamento constituyente y el presidente.

Se iniciaría así la fractura social que hoy amenaza con un enfrentamiento civil, entre los partidarios de Mursi, su decreto dictatorial y su constitución radical islámica y los que aspiran a una democracia real y una constitución inclusiva y progresista.

En estos días se dirime que Egipto lidere la «primavera árabe» hacia el futuro, o hacia la oscuridad intolerante de la edad medieval al estilo saudí o iraní.

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