Si los músicos cristianos compusieron más de 50.000 misas -muchas de ellas no estrenadas-, y si a ese acervo le añadieron miles de otras grandes composiciones -oficios de difuntos, pasiones y oratorios-, y millones de obras menores -villancicos, cantos de novena y padrenuestros-, no es porque estas obras se gasten al interpretarlas, sino porque no hay ninguna composición, por grandiosa que sea, que después de cien veces repetida no entre en la categoría de lo ya visto o de la simple monotonía. Y por eso espero que el presidente de la Xunta me comprenda si le digo que la investidura de ayer era una ceremonia demasiado vista y atiborrada de tópicos como para que nadie que no cobre por ello la haya seguido con atención exquisita.
Y ya que estamos a ello, espero que la oposición también me perdone si le digo que sus críticas eran aún más tópicas que el discurso, y que en su enroque acostumbrado contra todo lo que se propone como base de la acción de gobierno, hayan vuelto a caer en esa grotesca escena en que las minorías derrotadas le dicen al brillante ganador que no conecta con el pueblo, que no le preocupan los problemas de Galicia, o que estamos ante una estafa política sin precedentes. Así que, o mucho me engaño, o la ceremonia de ayer solo la siguió la élite que está obligada a hacerlo, ya que nada de interés se estaba dilucidando ante las desiertas pantallas de TVG.
La principal razón de este divorcio es el pésimo planteamiento de una ceremonia que, para que un presidente de la Xunta se suceda a sí mismo por medio de una abundante mayoría absoluta, precisa un mes de recovecos y trámites, una ceremonia de investidura de tres días de duración, y un discurso que, siguiendo la pauta diseñada por las Etimologías de san Isidoro de Sevilla, habla en algo menos de dos horas de todo lo que se sabe y pasa en el mundo, haciendo profecías que ya están hechas, prometiendo milagros que ya son repetidos, y engolando en exceso la comunicación con un pueblo que ya votó hace más de un mes y está esperando a que alguien ponga rápidamente manos a la obra.
Lo malo de esta ceremonia, parlamentariamente autista, es que mata por anticipado el interés de las sesiones del jueves, ya que la dislexia entre Gobierno y oposición ya está garantizada, las posiciones de los partidos ya han sido anunciadas antes de que empezase el discurso, y los argumentos en contra prometen ser igual de manidos y estereotipados -porque ya nos han hecho un adelanto- que los utilizados por Núñez Feijoo. Y por eso no nos queda más interés ni curiosidad que la que puede suscitar Beiras, que, a resultas de lo visto ayer, tendrá muy difícil la tarea de despertar y animar al respetable.
Menos mal que dentro de un mes será la investidura de Cataluña. Y esa promete mucho morbo e interés. También para los gallegos.