La imagen, aunque sea imaginada, asusta. Solo pensar en la posibilidad de que un niño de nueve años acabe desnudo y atado induce a viajar mentalmente a otros lugares y otros tiempos. Plantearse que pueda ocurrir en un colegio cruza otras fronteras, traspasa otras líneas. Las escuelas nunca deben convertirse en el feudo inexpugnable de nadie. Ni del profesor de otras épocas que recurría al cachete. Ni de ciertos alumnos que en estos días disfrutan de una especie de cheque en blanco de los padres. Siempre hay un término medio. Ahí está la virtud. Y hay quien consigue instalarse en ese territorio. En el del respeto mutuo. Cuando no es necesaria la violencia porque, aunque no le toquen un solo pelo de su cabeza, nadie quiere escuchar la temible frase previa a la reprimenda: «Al despacho del director».