Transcurrido un año desde las elecciones, a todo el mundo le entró la fiebre revisora, y, confundiendo la estadística con la política, parece haber acuerdo general en que Rajoy es un desastre; su política, una ruina; sus ministros y ministras, unos indocumentados, y el balance de gestión, una calamidad. Y todo ello se fundamenta en que en este annus horribilis, pilotado por la derecha, decreció la economía (el PIB pasó de -0,4 % a -1,6 %); creció el desempleo (del 21,5 % al 25 %); casi 2 millones de hogares tienen a todos sus miembros en el paro, y la tendencia de los precios también fue alcista (del 2,6 % se pasa al 3,4 %). Y todo eso, se argumenta, porque una endiablada dinámica de recortes y ajustes -auspiciada por Merkel y obedecida ciegamente por Rajoy- nos ha convertido en una sociedad empobrecida, decadente, triste, injusta, acoquinada, desconfiada e incapaz de salir de la pertinaz crisis que nos ahoga.
Pero este análisis no es inteligente. O no es ni más justo y acertado que el del paciente de cáncer que, bien diagnosticado y tratado con quimioterapia, se enfrenta con su médico y lo pone a caer de un burro porque después de haber recibido la medicación se encuentra más débil y agotado que antes, con menos fuerzas para trabajar y menos ganas de divertirse. Que las cosas se hayan puesto peor en este último año no implica que todo lo hecho sea un desastre, o que tengamos un Gobierno y un presidente malos de solemnidad. Y hasta puede significar lo contrario, como yo me arriesgo a creer, si tocamos fondo, finalmente, y empezamos a progresar dentro de un Estado y una UE fiscalmente consolidados.
Aunque lo que voy a decir parezca una provocación, creo que la orientación básica del Gobierno Rajoy -ajuste y consolidación primero, reformas estructurales y financieras después, y crecimiento al final- es la adecuada, y que buena parte del desastre anunciado no pasa de ser una descripción oportunista de la crisis que se lanza contra el Gobierno para ablandarlo y liquidarlo cuanto antes. Aunque eso tampoco quiere decir que este Gobierno merezca y tenga perdón de Dios. Porque si el deber del médico es explicarle a su paciente los pasos terapéuticos, y comprometerlo en la curación, el deber de Mariano era explicar bien las cosas, no titubear ante lo evidente y hacerse ayudar por la ciudadanía y por los principales actores económicos de España y Europa. Y eso, como es obvio, no ha sabido hacerlo. Por eso pasará a la historia como uno de los peores gobernantes que hemos tenido, aunque, si sigue así y aguanta la presión, seguramente nos dejará un país mucho mejor ordenado para crecer y estabilizarnos. Porque no hace falta ser Bernanke para saber que es mejor herencia el ajuste que el Plan E, aunque muy pocos se atreverán a decirlo, como yo, en medio de esta tormenta perfecta.