Maestros

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

En una infancia de vacas era llamativo ver toros en el albero del televisor. Y sorprendente que a un señor vestido de luces lo llamaran maestro. Porque el maestro era otra cosa. En una niñez en la que, en los primeros años, las manos extendidas sobre el pupitre ahogaban en carne propia el silbido de la vara, reconfortaba encontrarse más tarde con otros métodos, con otros profesores que se armaban con la palabra, la música, el teatro... En unos tiempos en los que se pasaba del mosaico de la escuela unitaria a las aulas superpobladas del centro escolar, maravillaba ver que existían profesores que lograban coser unas asignaturas a otras, mezclando como mezcla la vida misma. Que daban verbo al número, filosofía a la cifra, literatura a la ciencia y arquitectura al lenguaje. Frente a la cantinela frustrante del «ya lo entenderás de mayor», asombraban los que conseguían explicar sin guion los entresijos de una guerra mientras colocaban unas gafas en los morros de la cacheira de la cesta de carnaval. Son aquellos maestros. Los que ocupan el sentido más amplio de la palabra. Que comenzaban delante de una pizarra siendo la autoridad a secas y acababan convertidos en la autoridad moral e incluso sentimental para varias generaciones. Alguno ya no está. Otros se jubilan. Dejaron huella mientras fueron abriendo caminos, senderos que necesitaban de un guía. Mirando hacia el futuro por el catalejo del pasado, aquella reflexión, aplicable tanto a presupuestos generales como a esfuerzos personales, que decía «si cree usted que la educación es cara, pruebe con la ignorancia». Con la ignorancia y con el olvido.