Son quinientos años de asombro por la Capilla Sixtina, el espacio que copia las dimensiones del templo de Salomón. El sitio increíble de las pinturas. Allí sucede el giro de cuello más deseado. La torsión perfecta de la cabeza. Miras hacia arriba y no sabes dónde dejar los ojos. Ya estás en la Capilla Sixtina y el mo(nu)mento jamás lo olvidarás. Miguel Ángel hizo posible lo imposible. También están ahí los pinceles de Botticelli y Perugino, entre otros. Pero es la bóveda y la pared del altar de Miguel Ángel la que deja sin habla. Goethe decía que quién no ha visto la Capilla Sixtina ignora hasta dónde puede llegar el hombre con su esfuerzo. ¿Quién no tiene en su cabeza la creación de Adán? ¿Quién no se ha recreado con la figura de Cristo antes del veredicto final? Miguel Ángel batió récords y elevó el arte a la categoría de sublime. La conservación de la joya, cinco siglos después, es complicada. Son cinco millones de visitantes al año, unos veinte mil al día. Es la postal más cotizada, los pasos más buscados. Miguel Ángel nació en Caprese un mes de marzo, pero se ha quedado para siempre en Roma, en el cielo pintado de ese lugar tan exclusivo en el que se elige con el humo blanco al papa.