Bien, ¿y ahora, qué?

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

16 nov 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Por segunda vez en ocho meses los sindicatos han conseguido demostrar a través del instrumento más extremo que cabe utilizar en democracia -la huelga general- lo que, por ser elemental, sabe todo el mundo: que a nadie, salvo a los masoquistas, le gusta que le suban los impuestos, le retrasen la jubilación, le reduzcan prestaciones o le bajen o congelen el salario.

Si a todo ello sumamos la temeraria gestión llevada a cabo por muchos directivos de entidades financieras, el intolerable reparto de la carga tributaria y, sobre todo, el paro que no cesa, no es extraño que la gente responda como lo ha hecho hace dos días, a pesar de que existan motivos sobrados para pensar que la huelga no ayudará, sino todo lo contrario, a la salida de la crisis.

La gran cuestión que esta plantea no es, por eso, la de explicar por qué hay tantos ciudadanos irritados con la política de estabilidad que, siguiendo la iniciada por Zapatero en el 2010, impulsa el Gobierno de Rajoy, sino la de si existe hoy una alternativa realista a esa política.