Va a ser entretenido leer los periódicos de hoy. Casi tan entretenido como escuchar las valoraciones de la huelga que hicieron el Gobierno y los sindicatos. Para el primero, que tuvo la delicadeza de no utilizar la palabra fracaso, el seguimiento ha sido perfectamente descriptible. Para los sindicatos, que tuvieron la gentileza de no usar demasiado la palabra éxito, no cabía un trabajador más en la protesta. Entre ambas versiones, lo más objetivo parece decir que ha funcionado como siempre: con las excepciones geográficas de rigor, alta incidencia en la gran industria, relativa en el comercio y escasa en servicios públicos y oficinas. No hubo ansias incontrolables de paralizar el país. El 14-D que le hizo decir a Felipe González que había «recibido el mensaje» no es fácil que se vuelva a repetir. Mariano Rajoy no necesita redactar ningún comunicado.
Aquí hay algo que no cuadra: el seguimiento de la huelga no se corresponde con el malestar que se observa en la sociedad o que decimos que se observa en la sociedad. O hay menos malestar del que suponemos, o la gente, como ayer apuntamos, está instalada en la resignación y sabe que parar no sirve de nada, salvo para que le descuenten un día de salario, un precio que resulta muy superior al beneficio. Desde luego descarto que los trabajadores hayan escuchado al Gobierno, cuyo discurso ha sido tan elemental que no pasó de decir que era una huelga sin justificación o convocada en el peor momento, como su hubiera algún buen momento para una huelga general.
Me resisto a aceptar que la gente esté resignada, porque, si así fuese, sería manejable como un rebaño, y no es eso lo que se palpa en las calles. Creo que fallaron los sindicatos. Fallan cuando eligen el método de protesta de los países intervenidos y no de los grandes, como Francia o Alemania. Fallan cuando transmiten la impresión de que no tienen más imaginación para ejercer sus derechos que acudir a una solución tan traumática como es paralizar el país. Fallan porque saben quejarse y denunciar, pero no seducir a la mayoría con ideas y propuestas. Cuando dicen que «hay solución», no dicen cuál. Y fallan porque llevan mucho tiempo sin credibilidad, sometidos a una feroz erosión de algunos medios y haciendo méritos propios para certificar su desgaste.
Ahora vienen las reflexiones. Haría mal el Gobierno si se instala en la misma lectura que hizo de las elecciones gallegas: decir que la mayoría respalda sus políticas. Y harían mal los sindicatos si no se preguntan por qué Marcelino Camacho y Nicolás Redondo tenían más capacidad de convocatoria. Toxo y Méndez sí que están recibiendo un mensaje: o renuevan su discurso y métodos, o se impondrá su propia renovación.