«Insoportable. Inaceptable». Con esos dos elocuentes términos calificaba don Mariano Rajoy los datos del paro de septiembre del 2011. Y, ciertamente, no cabía otra calificación. España acababa de superar los cuatro millones de parados: insoportable e inaceptable. La razón del desastre del empleo también tenía explicación para el líder del PP: «Al frente del Gobierno socialista ha habido gente que no ha sabido gestionar la economía». En aquel momento teníamos medio millón de parados menos que ahora, pero se ha producido un cambio importante: hoy gobierna el autor de la dura descalificación y se supone que ha procurado incorporar a su equipo a gente que sí sabe gestionar la economía.
Con ello, los críticos pasan a ser los socialistas, y al equipo de Rajoy le corresponde dulcificar el drama. Y lo hace: para la secretaria general de Empleo, el hecho de que octubre registre tres o cuatro mil parados menos que octubre del 2011 es positivo. Mientras caminamos hacia los cinco millones de parados registrados y hacia los seis millones que confiesan estar sin actividad en la EPA, el argumento oficial es que el paro se estabiliza. Y todavía se puede estabilizar más: el día que no quede nadie por despedir en la empresa privada y se hayan completado los recortes en servicios públicos, ya no crecerá más el desempleo.
Doy por sabido lo escrito mes tras mes sobre la angustia personal, el drama social y el cerrojo económico que el paro supone. Doy por repetidamente lanzado el lamento por los dos millones de personas que ya no reciben prestación que les alivie. Creo que estamos muy lejos de ver creación de puestos de trabajo, porque en solo dos días se conoció que Bruselas obliga a Bankia a prescindir de 4.000 empleados y a Novagalicia Banco a prescindir de otros 2.000. El Gobierno anuncia nuevas reformas, y ya sabemos lo que suponen: en el mes de octubre, 43.301 parados procedieron de los servicios sanitarios y sociales, esos de la línea roja que nunca se iba a traspasar?
Pero hoy limito mi comentario a las actitudes de la clase política. Me dan igual las críticas anteriores del PP o las actuales del PSOE y otros partidos de izquierda. ¿Por qué en vez de utilizar esa angustia como arma de acusación no se ponen a pactar un plan de emergencia? ¿Qué tipo de enfermedad padecen para atribuirse a sí mismos la posibilidad de crear empleo, a sabiendas de que engañan al pueblo con sus falsas expectativas? Los archivos de sus propias declaraciones y diagnósticos no resisten un análisis. Y en la prensa deberíamos airearlos todos los días para su vergüenza o para preguntarles, como en la escena famosa, por qué no se callan; por qué, si unos y otros han demostrado la misma incapacidad.