Empecemos por lo evidente. Los veinteañeros españoles tienen un futuro más bien apretado pero hasta la fecha han vivido morrocotudamente bien. Han tenido, sí, una vida alejada de apreturas y con sus modernos papás limando cuanta arista supusiera un contratiempo. Apenas han tenido que negociar y en la lista de renuncias ni siquiera se han topado con las propias del choque generacional. Entre sus molones progenitores había muchos aquejados de infantilismo patológico, un padecimiento pernicioso en sí mismo porque empuja al paciente a hacer el ridículo con frecuencia matemática, pero devastador si el individuo tiene entre sus manos la educación de un menor. En una proyección equivocada de la felicidad, estos púberes crónicos convirtieron a sus hijos en adolescentes intolerantes a la frustración, acostumbrados a que el mundo se rindiera a sus pies con solo chasquear los dedos. Hay muchísimas excepciones, claro, pero también rasgos comunes que seguramente compartían muchos de los miles de chavales del Madrid Arena. La avalancha que mató a las cuatro chicas es la brutal representación del final de un sueño. Allí se construyó una fábula grotesca, la de la conclusión de una juventud feliz e indolente que no pensaba en el mañana porque todo iba a ir irremediablemente mejor. Hace un tiempo que sabemos que esta garantía de estabilidad era solo un subidón de éxtasis, pero la generación representada en esta rave mortal ya tiene un momento fundacional, como en los ochenta pasó con los muertos de Alcalá 20, que anticiparon el final de la movida churruscados sobre la moqueta mientras sonaba el ninanina de los sintetizadores. A partir de ahora, para estos jóvenes dichosos solo habrá desencanto.