Feijoo, los hechos y sus lecciones

OPINIÓN

Las elecciones son un hecho muy complejo, y es razonable pensar que detrás de sus números se esconden mensajes que hay que descubrir, interpretar o resaltar. Pero para eso también hace falta saber algo, aunque sea poquito, no vaya a ser que, a base de resultados ocultos y confesiones tardías -la encuesta poselectoral también es una confesión tardía-, acabemos interpretando lo que los números no dijeron, o escuchando lo contrario de lo que los electores quisieron decir. Y para eso, para no caer en la tentación de llevar el agua al propio molino, hay dos reglas esenciales de la hermenéutica: lo evidente no se puede interpretar; y las lecciones ocultas nunca pueden estar por encima de los mensajes primarios.

Y viene esto a cuento por la extrañeza que me causa la proliferación de artículos y comentarios que quieren matizarle a Feijoo su pletórica victoria, como si los 145.000 votos perdidos hacia la abstención fuesen más importantes que los cientos de miles recibidos en las urnas, como si los juegos comparativos entre cifras y electorados empañasen la gloria del ganador, o como si el que emitió un voto a favor del PP pudiese matizar ahora lo que dijo el 21 de octubre. Feijoo salió victorioso de aquel día, y con esa victoria brillante e incontestable quedó demostrado que las críticas que le hemos hecho no afectaron a la confianza que los gallegos le hemos dado a su partido, a su persona, a los que lo apoyan y avalan y a aquellos a los que él, a su vez, apoya y avala. Y esa verdad, tan simple como contundente, no puede quedar oculta por los rizos rizados del análisis electoral.

El análisis requintado tiene mucha importancia para los perdedores, ya que de él obtienen consuelo, pautas de regeneración y consejos tácticos. E incluso puede servir para los estrategas del PP, para aumentar, si cabe, próximas cosechas. Pero no sirven de nada para darle lecciones o hacerle advertencias a Feijoo, a quien los gallegos le hemos dicho que es el mejor, que no hay otro que pueda gobernarnos, que es el líder indiscutible del partido más grande y más unido, y que en el olimpo de los dioses de cartón piedra ya ocupa un lugar privilegiado al lado de Rajoy. También le hemos dicho, me temo, que el BNG está seriamente dañado; que el PSOE está para el arrastre; que Rubalcaba no volverá a ser candidato; que las municipales se las va a llevar de calle otra vez, y que -salvo que Beiras realice la hazaña de levantar un partido grande, coherente, abierto y bien organizado- será presidente hasta que él quiera, o hasta que un hecho imprevisto y no político lo releve.

¿No está claro? ¿Necesitamos aún nuevas interpretaciones? Si las elecciones sirven para poner deberes, creo que nos los pusieron a todos menos a Feijoo. Aunque él sepa, como yo, que este poder y esta libertad tampoco duran para siempre.