De Todos los Santos a Halloween


Ayer se celebró la fiesta de Halloween -la celebró, para ser exactos, el 0,01 % de la población- porque lo dijeron y repitieron hasta la saciedad las televisiones públicas y privadas, y porque algunas tiendas llenaron sus escaparates con máscaras horteras y calabazas de plástico. Todo, hay que decirlo, con pésimo gusto y nula significación. Y hoy no celebramos socialmente el binomio de Santos y Difuntos porque esas mismas televisiones no hablaron para nada de esta arraigada tradición de 16 siglos, llena de cultura y significados, limitándolo todo a narrar los atascos que se pueden producir en los accesos a los cementerios debido a la debilidad siempre comentada del Estado laico.

Dado que los medios de comunicación andan ocupados con las andanzas de ese 0,01 % de la población que se puso la calavera de goma para ir al botellón, en España se está perdiendo la fantástica costumbre de representar el Tenorio en la conmemoración de los Fieles Difuntos, y esa debe ser la razón por la que en la culta ciudad de Santiago se exhibían muchas calaveras y calabazas de plástico, y algunos farrapos de brujas y malditos, sin que ninguna librería sintiese el impulso de poner un ejemplar del Tenorio en su escaparate, y sin que, por la breve investigación que yo he hecho, ninguno de mis conciudadanos sintiese la necesidad de leer los ripios más geniales que alumbró la humanidad: «Clamé al Cielo y no me oyó, / y pues sus puertas me cierra / de mis actos en la Tierra / responda el Cielo, no yo».

La pérdida de cultura que se está produciendo por las grietas de un laicismo mal entendido y peor aplicado es ingente y preocupante. Y la deriva que estamos teniendo desde lo trascendente a lo hortera, incentivada por la caterva de yuppies viajados que dominan el star system, acabará por definir nuestros días como la etapa con peor relación entre medios y cultura desde el Paleolítico hasta hoy.

¿Y qué se puede hacer? Desde la perspectiva oficial, donde operan las televisiones, las orquestas sinfónicas, los teatros públicos, el periodismo de consumo y los deberes escolares, nada, porque, como dice el refrán gallego, «cando a semana vai de piollos non adianta cambiar a camisa». Y desde las estructuras sociales tampoco, porque ya es evidente que, mientras las televisiones y los escaparates hablaban para el 0,01 % de laicos modernos y anglófilos, la mayoría de los ciudadanos siguen practicando con razonable conocimiento de causa -no con mucho, que tampoco es cosa repicar las campanas- la ancestral costumbre de mantener unidas las familias del Cielo y de la Tierra, desde la íntima seguridad de que no nos han dejado del todo -«dexónos harto consuelo / su memoria», decía Manrique-, y de que nunca viene mal dedicar un poco de tiempo a meditar en ese grandioso misterio de la vida al que llamamos muerte.

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De Todos los Santos a Halloween