Por quién repican las campanas

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

01 nov 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Cuando este cronista empezaba en el oficio, es decir, cuando ninguno de mis lectores había hecho la primera comunión, el general Franco acudió a una ciudad española, seguramente a inaugurar algo. El Ministerio de Información y Turismo distribuyó una nota oficial que comunicaba la llegada de Su Excelencia y el apoteósico recibimiento popular dispensado. Entre las manifestaciones de júbilo figuraba esta: «?y doblaron todas las campanas de las iglesias de la ciudad». Como «doblar», según el diccionario, es «tocar a muerto», en las redacciones de la época circuló una copla que decía: «El doblar, que es toque serio / puede serlo de optimismo / si lo manda el Ministerio / de Información y Turismo».

Ahora no tenemos ese departamento ministerial, sino una poblada Secretaría de Estado, pero se podría hacer una copla parecida. Según todas las apariencias, se adivina la consigna de cambiar el doblado de las campanas por su gozoso repique. Se está agotando el argumento de la difícil situación heredada, ya no tiene buena venta, la gente exige resultados, y esta semana hemos vivido un aluvión de optimismo sobrevenido. Igual que al principio de su mandato Rajoy mandó que sus ministros anunciaran todas las reformas que se les ocurrieran (una por cada viernes), ahora la instrucción parece ser la de buscar datos, impresiones, perspectivas y horizontes risueños. Si a un ministro se le ocurrió dudar, la respuesta pudo haber sido: «Pues te la inventas».

Ordenado y hecho. Sobre la piel de España ha comenzado a caer un diluvio de felicidades que no se recordaba desde que Zapatero decía que «el pesimismo no crea empleo». Ya hemos comentado la magistral sorpresa de Fátima Báñez al sacar la trompetería para anunciar la salida de la crisis. Inmediatamente, Arias Cañete confesó la visión de un futuro paradisíaco en el campo español. Cristóbal Montoro sacó pecho de triunfador con sus cifras de recaudación, que le permiten soñar con alcanzar el objetivo de déficit. Luis de Guindos es la expresión misma de la felicidad, porque la economía sigue cayendo, pero una décima menos que el trimestre anterior, y este año nos seguiremos hundiendo, pero menos de lo previsto.

Ya sé que ningún ministro llega a la arcádica visión del señor Mas, que contempla una Cataluña más rica que nadie, capaz de combatir el cáncer y de reducir a la mitad los accidentes de tráfico; pero hay que dejar constancia de que nunca una caída de la economía provocó tantas sonrisas. Nunca una décima alegró tanto al Consejo de Ministros. Si el PIB español llega a crecer un punto como ha crecido en Inglaterra, estos sí que ponen a repicar las campanas de toda la nación. Incluidas las que para Artur Mas solo suenan en catalán.