Las dos Españas aparecen también en las estadísticas. Y aparecieron ayer con toda elocuencia. Mientras los ciudadanos lamentábamos la caída de las ventas en el comercio minorista (un 12,6 % en septiembre), la contabilidad de Hacienda celebraba la subida de la recaudación en el mismo mes. El motivo era el mismo, según todos los indicios: la entrada en vigor de los nuevos tipos de IVA; pero las lecturas eran absolutamente contradictorias. El Gobierno, afanado en presumir de buen gestor, tenía un dato para celebrar que las cuentas le pueden salir. Los comerciantes (un sector que da empleo a dos millones de personas) culminaban 27 meses consecutivos de caídas de las ventas. Muchos habrán pensado en echar el cierre, si no lo hicieron ya. El Gobierno entiende que ese no es su problema. Por lo menos, no se le escuchó una palabra de aliento, de lamento o de compañía, sino una expresión de sus propias alabanzas. El famoso verso de Quevedo podía tener ayer una adaptación actualizada para la literatura oficial: «Ande yo caliente aunque sufra la gente».
Quizá esta pequeña historia de contables y sufridores sea la versión más próxima de todo lo que ocurre en el resto de la vida económica: los bancos reciben dinero a mansalva, pero no hay crédito para casi nadie; las Administraciones públicas cumplen sus planes de ajuste, pero dejan en el paro a sanitarios y educadores; se hace una reforma laboral que sanea empresas, pero al precio de aumentar los despidos o reducir jornadas; se derrocha imaginación en reformas, pero a nadie del poder se le ocurre una idea para resolver el drama de los desahucios; se presentan buenos datos de austeridad ante Europa, pero a costa de reducir la capacidad de compra del consumidor? Es la nueva versión de la eterna confrontación entre la España oficial, que decreta y manda, y la España real del pueblo llano, que no hace otra cosa que aumentar los índices de pobreza.
Felicitemos a la Hacienda pública por lo que consigue. Reconozcamos al Gobierno su capacidad de arañar dinero del bolsillo ciudadano, aliviar las arcas públicas y vaciar las privadas. Y dispongámonos a saludar la gran explosión de la parálisis total. Hoy todavía la gente compra. En diciembre comprará menos porque el personal público se queda sin paga extra. A partir de hoy mismo las empresas públicas pueden hacer despidos colectivos, con lo cual habrá otros miles de consumidores menos. Cuando esos consumidores se reduzcan al mínimo, no hará falta la producción y asistiremos a la parálisis final de la economía. Pero ya verán ustedes cómo siempre habrá una estadística que le permita al Gobierno pregonar que está cumpliendo su obligación. Y además, habrá conseguido ahorrar.