¡Qué alegría leer que «estamos saliendo de la crisis»! Es la noticia más esperada. Que cambien todas las portadas de los periódicos. Que cambien la escaleta de los informativos de radio y televisión. Que se corten las emisiones de los programas en directo, que el gran acontecimiento está aquí. Ya no es el ministro Montoro que pone la fecha del 2014. No es uno de esos gabinetes de estudio fatalistas que piensan en el 2016. Es que la ministra Fátima Báñez habla en tiempo presente: estamos saliendo. Es algo que ocurre ahora mismo, que está ocurriendo ante nuestros ojos incrédulos, ante nuestros oídos desconfiados, ante todos los que teníamos la esperanza por los suelos. Y, si la ministra Báñez contempla esos signos de buenaventura, tiene que ser cierto, porque ella es la titular de Empleo. Los casi seis millones de parados que la EPA registraba el viernes son un hecho pasado, irrepetible. El crecimiento del paro se va a detener.
¿En qué se basa doña Fátima para alentarnos de forma tan entusiasta? En indicios que considera ciertos y en factores tan valiosos como una economía internacionalizada, un sector turístico magnífico, una juventud bien formada y la flexibilidad que permitió la reforma laboral. Cualquier observador podría objetarle que la economía no es mucho más internacional que hace un año; que la fortaleza exterior de algunas empresas sirve para aumentar sus beneficios, pero no para invertir y crear riqueza en nuestro país; que cuando España recibió este verano más turistas que nunca estábamos en el peor momento de la recesión; que la reforma laboral solo ha permitido hasta ahora aumentar los despidos colectivos; que la mitad de esa juventud tan bien formada es la más castigada de la reciente historia por la falta de oportunidades, o que, si está tan bien formada, no hay razones para el tajante cambio educativo que promueve el señor Wert.
Todo eso podríamos discutirle a Fátima Báñez, pero ¿quién es este cronista para poner en duda su testimonio? Para un mensaje de confianza que nos llega después del «para ponerse a llorar» de su majestad el rey, yo lo quiero grabar en bronce. Me presto a difundirlo por la sencilla razón de que mensajes así deben publicitarse y disfrutarse antes de que llegue la primera estadística que los desmienta. Por eso hice un cartel con la frase de Fátima, grande como una pancarta de manifestación, lo coloqué en el coche, cubriendo todo el cristal trasero, y no crean: solo un par de conductores me hicieron un gesto con el dedo índice apuntando a la sien, como preguntando: «¿De qué vas?». Y solo un guardia me dijo que no podía llevar eso ahí por no sé qué de la visibilidad. Gracias a Dios, creo que ninguno de ellos me reconoció.