Que se escabulle, que busca su sitio a codazos rompiendo la niebla, que se apaga irisando el aire. Con él llega noviembre proclamando el país de los muertos, el inframundo, el atlas del más allá, difuntalia, la tierra de los difuntos en una conmemoración anual que nos obliga a reconciliarnos al menos por un día con la inmensa soledad de los muertos, con la república de nuestros muertos, habitantes perecederos de una frágil y esquiva memoria, que cabe en un recuerdo piadoso, en un padrenuestro.
Noviembre es un jinete sin rostro cabalgando un jamelgo escuálido, que pisa poderoso el manto de ocres que cubre el bosque, al trote, hacia ninguna parte.
Todos los santos inauguran el mes en un pórtico bendito. El camposanto es un jardín de la memoria, la lluvia estraga las flores que adornan las sepulturas. Llueve en esta parte de la Tierra, llueve sobre los recuerdos. La lluvia, al resbalar por el mármol, dibuja crisantemos.
Hay un ramo de claveles blancos envuelto en la hoja de un diario que da cuenta de los resultados de los últimos comicios, y la mañana se ovilla con el perfil azul de la aldea.
El cementerio es un huerto de cruces, el cielo una nube gris de cenizas aventadas. Es noviembre que llega como cada año, sin alharacas, recortando la tarde, con el manto oscuro de un lusco y fusco anticipado.
Las castañas caídas alfombran el camino, y la melancolía anida en el pecho del caminante que sube la cuesta que no conduce a sitio alguno, y la madeja de rememorar pasados es la foto fija de un tiempo ya concluido.
Es mi homenaje recordando a los difuntos, propios y ajenos, dejando ese aire triste que se enreda en las palabras.
Y ese torpe sol de otoño asomándose a mi ventana. Oficio de difuntos, la jornada es gris, tejida con lágrimas, y digo padre y madre como en una oración que escribo con recuerdos agazapados en ese rincón secreto donde se esconde la memoria.
Somos la herencia de nuestro difuntos, los fieles y queridísimos parientes y amigos que nos han precedido para escribir la historia de los afectos, y es preciso recordarlos aunque sea una vez cada año.
Al fondo siempre hay una tumba sin nombre que nadie visita. Mi rezo civil es ahora para todas las tumbas anónimas mientras repito el último verso de Machado, encontrado a su muerte en un bolsillo de su gabán: «Estos días azules y este sol de la infancia...».