La evolución del ser humano es imparable. Antes se quemaban científicos en la hoguera por rebatir con vulgares cálculos y hechos supuestas verdades universales. Ahora se condenan en los tribunales por no hacer milagros a la hora de valorar riesgos. Supone un gran avance culpar a los expertos que no pudieron anticiparse a la tragedia del terremoto de L'Aquila. Es una de esas decisiones que no se sabe si sientan jurisprudencia o directamente la tumban. Y todo un homenaje velado a Galileo en su propio país, como bien ha recordado más de un científico. Pero lo cierto es que la pena de cárcel impuesta a los expertos que no vieron venir la magnitud del seísmo abre otras puertas. ¿Por qué no juzgar a los que no previnieron al mundo de que llegaría un gigantesco terremoto financiero? Porque el pasado reciente, ese que todavía se ve en el retrovisor, está superpoblado de pitonisos fracasados que leyeron fortunas en manos cuarteadas que les daban de comer y acabaron mordiendo. Quizás podrían pasar por el banquillo ilustres economistas que actúan como gurús y en realidad ejercen de forenses. Y banqueros que antes del tsunami de la crisis invitaron a todos a la playa y contemplaron el desastre subidos a sus indemnizaciones millonarias y presuntamente legales (porque en la cuestión moral no hay ninguna duda). Y a alegres vendedores de humo inmobiliario, reyezuelos de la especulación. Pero probablemente no habría juzgados ni celdas suficientes. Mejor centrarse en otros pecados. Veniales y más manejables que el abismo económico y social. Los de un puñado de científicos italianos. Pobres discípulos de Galileo.