La izquierda gallega en su laberinto


El corsé político-electoral que constriñe en Galicia al Partido Popular -obligado a ganar por mayoría absoluta si quiere gobernar- es más injusto, pero igual de puñetero que el que atenaza a una izquierda que lleva tres décadas repartiéndose, en proporciones diferentes, un caudal de votos porcentualmente similar, sin conseguir penetrar de forma sustancial en el espacio que la derecha, apenas sin mermas, ocupa en autonómicas.

De ese modo lo indican para las elecciones del día 21 los datos de Sondaxe publicados en La Voz: los socialistas cederían votos al PP, pero muchos más hacia su izquierda; y lo mismo le sucedería al BNG, que sufriría una sangría espectacular hacia la coalición que forma, con Esquerda Unida, su conocido exdirigente.

De confirmarse esas previsiones, volvería a suceder en Galicia este domingo lo que es ya aquí una práctica constante. En el 2001 publiqué un largo artículo («La Galicia enladrillada: las elecciones del 21-O», Claves de razón práctica, n.º 118) en el que, con motivo de las autonómicas de ese año, -aquellas en las que el BNG pronosticó una marea que arrasaría a la derecha, pero en las que fue el PP quien arrasó: 41 escaños, por 34 de la izquierda-, intenté probar, con datos concluyentes, cómo, en realidad, lo que ocurría en Galicia era que la izquierda (nacionalista y no nacionalista) se redistribuía en cada consulta autonómica un monto de votos similar. La izquierda gallega vive, así, en un verdadero laberinto, al menos por dos razones diferentes.

Primero, porque aunque el PSdeG y el BNG -a los que ahora se añaden Alternativa y Compromiso- están obligados a competir por los votos con sus aliados potenciales, lo hacen en realidad con el PP, lo que convierte su liza electoral en algo esquizofrénico: los partidos de izquierda le sacuden a la derecha gobernante, pero los votos se los quitan entre ellos. El espectáculo del debate entre Vázquez y Jorquera -lo más parecido a un tongo que cabe contemplar- fue una clara prueba de esa aludida esquizofrenia.

Pero tal situación es laberíntica por otro motivo adicional: porque las fuerzas de izquierdas, obligadas a gobernar conjuntamente, tienen tantas diferencias entre sí que son incapaces de presentar, no ya una coalición que mejoraría su traducción de votos en escaños, sino siquiera un programa común creíble para el cuerpo electoral. El PSdeG está en muchos temas a una distancia sideral del BNG: «Nacionalismo y socialismo son incompatibles», dijo anteayer Alfonso Guerra. Y Beiras se ha ido del BNG tras convencerse de que nada podía hacer ya en él para luchar por sus ideas. Pudiera ocurrir, así las cosas, que esas fuerzas persuadan a una mayoría de que forman una alternativa realista para gobernar con estabilidad y coherencia. Pudiera ocurrir, pero es difícil.

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