Lo que más fastidia, por no decir otra palabra, de los juegos del Gobierno con la gran economía es que cualquier europeo sabe más que los españoles y lo sabe antes. Cuando se trata de informar sobre el «rescate virtual» que ahora está de moda, se convoca a corresponsales extranjeros, con mucho cuidado de que no se cuele un periodista español. Cuando hay un documento de condiciones de un préstamo a la banca, se entrega a los Parlamentos de los países del Eurogrupo y se debate en ellos, con mucho cuidado de que no lo vaya a debatir el Parlamento español. Cuando se trata de explicar la estrategia de lucha contra los intereses de la deuda pública, se acude al despacho de Hollande, de Merkel o de sus ministros de Economía, con mucho cuidado de que no se entere la oposición española, aunque esa oposición sea alternativa de gobierno y el sentido común pida su complicidad. Y así, un día tras otro. ¿Será que nuestros gobernantes no confían ni en la solvencia de nuestros medios informativos, ni en el rigor de nuestros políticos, ni en nuestra capacidad colectiva para razonar tan elevadas materias?
Este cronista hace esfuerzos por justificarlo. Llega a entender, por ejemplo, que es más interesante contarle las cosas al corresponsal del Wall Street Journal o del Financial Times que a un redactor de La Voz. Comprende también, faltaría más, que hay que tener documentada a la señora Merkel, porque su voluntad es casi divina. Y comprende que a los mercados hay que tenerlos bien informados para conseguir la recompensa de la credibilidad. Hasta ahí llega la comprensión de este cronista. Adonde no llega es al esfuerzo de defender que el ciudadano español que paga, vota y sufre la crisis en sus carnes, tenga que formar su opinión con retraso, rumores, suposiciones, realidades deformadas, análisis puramente especulativos o con la versión que le quieran dar los nunca inocentes periódicos extranjeros.
Somos material de segunda. No importa nuestra opinión, ni siquiera formarla con rigor, sino esperar a que las cosas salgan bien para que podamos aplaudir un final feliz de tantos desvelos gubernamentales. Es decir, importan nuestros aplausos, no nuestro criterio. Ni siquiera nuestra complicidad. Y así ocurre que en un mismo debate radiofónico o televisivo se puede escuchar a un tiempo que Rajoy está a punto de pedir el rescate y que no lo va a pedir. Se puede escuchar que no habrá imposiciones nuevas y todo lo contrario. Y lo mismo, ante cualquier noticia o rumor que afecte al estado anímico del país. Visto desde la Moncloa y los ministerios económicos debe de ser muy divertido. Para el pueblo llano tiene el sabor de una odiosa mercancía: la mercancía del oscurantismo.