Cada mes, titulaba ayer este diario, se marchan de Galicia dos mil jóvenes de entre 20 y 34 años. El éxodo se reanuda. Triste destino el de este país, incapaz de retener los brazos más vigorosos y los cerebros mejor formados. Condenado una y otra vez, como Sísifo, a empujar inútilmente la piedra hacia la inalcanzable cumbre de la montaña.
Entramos en la tercera fase de un mal endémico. Primero fueron los abuelos quienes, estrujados entre una agricultura de subsistencia y una tierra que no era suya, buscaron pan y trabajo en ultramar. La ley de rendimientos decrecientes les había demostrado, en carne viva, que no era cierto el dicho de que donde comen dos, comen tres. Después fueron los padres quienes alimentaron de fuerza de trabajo las fábricas de Cataluña y el País Vasco, las industrias de Alemania o los hoteles de Suiza. En Ginebra descubrió Luís Seoane a la emigrante gallega de su óleo más atroz, con un cartel colgado del cuello en el que alguien escribió: «Elle s?apelle Manuela Rodríguez. Elle est analphabéte. Aidez-la».
Aquello lo creíamos superado, pero el espejismo duró poco. Tras el paréntesis de nuevos ricos, malgastado en polemizar sobre el velo musulmán y en crear vocablos infamantes como sudaca o espalda mojada, volvemos a empezar. La piedra de Sísifo rueda de nuevo montaña abajo. El mismo drama, idéntico desgarrón, pero con connotaciones todavía más graves. Citemos solamente dos: el despilfarro de recursos humanos cualificados y la creciente despoblación.
Nuestras universidades han sido comparadas con fábricas de parados. Pero la realidad agrava la metáfora. Lo que realmente están produciendo, a un coste muy elevado, es mano de obra para la exportación. Nuestro espléndido obsequio al extranjero. Licenciados y doctores para trabajar en la hostelería de Londres o en los hospitales de Hamburgo. El paro juvenil es solo una estación de transferencia, el depósito temporal de la carne de cañón, la sala de espera del tren o del avión con destino a países que todavía ofrecen briznas de esperanza.
Segundo efecto: Galicia se despuebla. Pasó la época en que el país rebosaba energía demográfica: había brazos suficientes para la siega en Castilla y para cultivar la última fanega de monte. Ahora, con el país exhausto, en parte porque el éxodo secular cercenó sus tasas de natalidad, la hemorragia se ceba en un cuerpo anémico.
Hace ya años que el número de entierros supera al de bautizos, pero hasta ayer la diferencia se compensaba con un saldo migratorio positivo: entraban más de los que salían. El contrapeso se ha acabado. Las defunciones ya no se reponen con nacimientos e inmigrantes. La población gallega merma.
Galicia tiende a la extinción. Y sorprende que aún haya quien piense que Sísifo no tiene motivos para la rebelión.