El ruido del incontinente y vacuo blablabá de los políticos en campaña, que hablan para no decir apenas nada, impide que se escuche como debería el desgarrado grito de la desesperación. Los que agitan sus banderas como armas arrojadizas identitarias contra el otro, los que pretenden españolizar o catalanizar a los niños a la fuerza, copan el debate mediático mientras cada vez más ciudadanos se precipitan al abismo. Las grandes proclamas, las frases grandilocuentes, las promesas irrealizables, las mentiras conscientes, los partidismos cortoplacistas, el estéril y desesperante «y tú más» ocultan la alarmante falta de propuestas para resolver el problema número uno de este país: el paro. Mientras la jerigonza de los políticos alcanza su máxima expresión, el FMI nos dice que cuando acabe el 2013 llegará al 25,1 %, una cifra incluso superior a la ya dramática previsión del Gobierno. Lo que debería provocar un toque a rebato general y urgente que movilizara a todos los estamentos sociales (empresarios, sindicatos, partidos, instituciones, Iglesia, Corona, medios de comunicación) pasa de soslayo, como una maldición bíblica contra la que no se puede hacer nada. Los fríos datos esconden tragedias individuales y cotidianas: 1,7 millones de familias con todos sus miembros en paro, uno de cada tres desempleados no recibe ninguna ayuda. España se ha convertido en el país con más desigualdad social de la eurozona, el segundo que más decrecerá el año que viene, solo superado por Grecia, y el que ostenta el récord de paro. En Cataluña, por ejemplo, hay 2,2 millones de pobres, de los que Mas no habla. La situación es límite para muchos y la sensación es que se les están dejando caer sin red.