Una de las buenas noticias de esta campaña electoral es que los candidatos no hayan racaneado a la hora de acudir a los debates públicos. En la televisión -los principales- y en los que estos días se están celebrando en ámbitos locales con representantes de los partidos en ciudades y comarcas. La confrontación libre de las ideas está en la base misma de la democracia.
Pero resulta inquietante observar las tartas estadísticas de las encuestas realizadas por Sondaxe para La Voz después de los cara a cara de Feijoo, Vázquez y Jorquera. En torno al 65 % de los ciudadanos -más del 72 % en el caso del amistoso entre el socialista y el nacionalista- no siguieron los debates. Por desinterés o porque ni siquiera sabían que se iban a televisar, lo que en el fondo también denota falta de interés por lo que se está cociendo en la campaña. De otro modo resulta casi imposible no haberse enterado. Aun así, para los medidores de las audiencias el seguimiento fue todo un éxito.
¿Quiere esto decir que los votantes vamos a las urnas sin saber lo que votamos? ¿Significa que el contenido de la discusión política está tan descontado que ya nadie espera argumentos para tomar decisiones? De todo habrá. Desidia de los ciudadanos ante guiones mil veces repetidos (y muchas veces trucados). Negligencia de los políticos que no tienen interés en dejar espacios a la sorpresa y temor a la discusión sin la red del argumentario prefabricado.
Se achaca a la severa crisis social el hastío de la ciudadanía por la política. Paradójico, porque son precisamente las situaciones extremas las que habrían de motivar a la gente. Algo está fallando.