Increíble. Inaudito. Insólito, y todos los in que ustedes quieran poner. Los peatones de la carrera de San Jerónimo pusieron a funcionar sus teléfonos móviles para comunicar el prodigio que estaban contemplando. Un ciclista se cayó de su bicicleta, porque quiso grabar la escena al tiempo que conducía. Seguro que alguno chocó con una farola, porque una aparición así es privilegio de muy afortunados. Otros se habrán frotado los ojos, porque esas cosas no ocurren en la vida real. «No te lo vas a creer», se desgañitaba una chica, como si se encontrara de golpe ante la vera efigie de George Clooney. Antes se aparecían vírgenes y santos, y la Iglesia pasaba años comprobando la autenticidad de la visión. Ahora no hacen falta esas investigaciones, porque hay fotos: ¡el príncipe de Asturias, don Felipe de Borbón y Grecia, el futuro rey de España, iba andando por la calle en carne mortal, como un ciudadano más!
A este cronista le agradó el espectáculo. El príncipe Felipe había estado el día anterior en una inauguración de curso con la princesa Letizia y el ministro Wert, antes de que el ministro Wert confesara su intención de convertir a los alumnos catalanes a la religión verdadera de la españolización. Al llegar a ese acto, la comitiva oficial fue abucheada con la solemnidad propia del acto académico. Y tengo para mí que don Felipe ha querido sacarse esa espina de desafecto metiéndose en medio de la gente que no ha sido convocada a silbar. Y ocurrió lo previsible: aunque en los coches oficiales hay un letrero imaginario que advierte «precaución, ciudadanos sueltos», el príncipe pudo comprobar que el ciudadano no muerde.
Debo matizar que el príncipe de Asturias no es precisamente ejemplo de lejanía de la calle. Al revés: suele ser visto en la fila de entrada de un cine o en restaurantes concurridos. No hace tanto que fue retratado en compañía de doña Letizia en un concierto, mezclado con gentes de su edad e integrado en el espectáculo. Habla a diario con decenas de personas de la cultura, de la ciencia, del deporte o del periodismo para tomar el pulso auténtico del país y no ser secuestrado por la interpretación de quienes redactan informes oficiales.
Que cunda el ejemplo, alteza. Estaría mucho mejor si, además, se metiera en un bar y escuchase cómo habla la gente de sus miedos. Hace días me contaba un gran político que no puede cruzar la calle a tomar café porque la gente lo insulta. Otro me dijo que salir a la calle era escuchar a una madre desesperada por la falta de horizonte de sus hijos. Y claro: no salen. Se refugian tras sus escoltas, secretarías y sus cristales blindados. Si salieran un poco más, seguro que daban mejor resultado los barómetros del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).