Eso que nos hace tanta gracia y nos divierte tanto de que nuestra clase política es tan desastrosa que no confiamos en ella es un problema de extraordinario calado. Porque como ocurrencia, para hacer unas bromas, merece la pena. Pero tomado con la seriedad que requiere es para echarse a temblar.
Porque hemos entregado nuestras vidas y nuestro futuro a una clase dirigente en la que perdimos la fe. Y aun más. Creemos que es uno de los principales problemas de nuestros males. Y tenemos la misma consideración por Rajoy y Rubalcaba que por Alí Babá y sus cuarenta amiguetes. Entonces, la pregunta es obligada. ¿Quién nos va a sacar de este lodazal? ¿Los banqueros? ¿Los del FMI? ¿O los salvapatrias a los que se les deja el terreno bien abonado?
Es cierto que la política alcanza unos niveles de credibilidad similares a los de la magia negra y el espiritismo. Pero no lo es menos que tenemos que acabar con esa desazón y esa falta de solvencia y prestigio, requisito básico para poder mirar al mañana sin dramatismos. Y de aquí solo nos pueden sacar esos que no nos ofrecen garantías. Porque fueron ellos los que nos metieron en este lío. Así que pongámonos serios y exijámosles rigor, cordura y respeto. Que es lo que no tienen.