A yer se cumplió un año de la desaparición de los niños Ruth y José, y no puedo dejar de acordarme del filósofo Hobbes, autor de la frase de que «el hombre es un lobo para el hombre». Después de lo sucedido con estas dos criaturas, debo darle la razón al inglés. Tras más de un cuarto de siglo de ejercicio del Derecho, jamás he visto semejante gesto de maldad innata, en las antípodas de lo que otro genial pensador y defensor de que la maldad siempre es adquirida, Rousseau, argumentaba acerca de que «el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad le corrompe». Hoy me quedo con Hobbes, y me reafirmo en mi tesis de que no hay guerra peor que la iniciada por dos personas que antaño se quisieron. Ningún genocida puede llegar a ser tan cruel como este padre, quien por deshacer la vida a su antigua compañera ha sido capaz de acabar con la de de sus hijos de forma tan brutal. ¿Cómo es posible que tras haber querido se pueda llegar a odiar de manera tan irracional? Mi experiencia profesional me dice que este individuo no está loco. Tan solo amaba, por encima de todo y de todos, odiar a la madre de sus hijos. Que nadie piense que me olvido de la presunción de inocencia. En absoluto. Lo que ocurre es que los indicios son demasiado evidentes como para medirme a la hora de escribir este artículo.