El gran despilfarro: ni cañones ni mantequilla

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

03 oct 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Cañones o mantequilla. Ese era el dilema planteado por Paul Samuelson en las primeras páginas de su mítico manual de economía. Con recursos productivos siempre limitados por definición, un país puede optar entre fabricar cañones o producir mantequilla. O un poco de ambas cosas, en diversas proporciones, siempre que la suma no rebase la capacidad productiva. Pero si el país no moviliza su capital ni utiliza su fuerza laboral, si mantiene ociosos ambos factores, no fabrica ni cañones ni mantequilla. Simplemente disipa sus recursos.

El desempleo es a la vez una injusticia, un drama humano y un desastre económico. Tres vértices de un triángulo maldito. Supone la plasmación de una doble falta de equidad, porque quienes más sufren en carne viva las dentelladas de la crisis son por añadidura, injustamente, las víctimas propiciatorias del ajuste. Significa también un drama para cientos de miles de familias que, tras secarse la fuente de sus ingresos, solo sobreviven echando mano de la chapuza clandestina o del gota a gota de la exigua pensión del abuelo.

Pero, además de todo eso, el paro constituye la manifestación suprema del gran despilfarro. A años luz de los consabidos dispendios cometidos cuando la hucha pública rebosaba y se construían aeropuertos sin aviones, inviables Terras Míticas o faraónicas Cidades da Cultura. Ninguno de aquellos excesos hace sombra al derroche de mantener de brazos cruzados a uno de cada cuatro trabajadores, mientras la herrumbre se apodera de las fábricas y la telaraña invade los pequeños negocios de antaño.

El paro juvenil enseña la cara más funesta del tumor e ilustra perfectamente la lección del derroche. La sociedad española ha invertido en las últimas décadas grandes sumas en la educación e instrucción de sus jóvenes. Muchos sostienen que, como resultado de ese esfuerzo compartido por padres y contribuyentes, se ha fraguado la generación mejor formada de toda la historia. Probablemente sea cierto, porque, al margen de la calidad del sistema de educación, el caudal de conocimiento suele ser acumulativo.

¿Y qué hemos hecho con esos costosos recursos humanos? Los estamos dilapidando. A más de la mitad de la juventud -la tasa de paro juvenil supera el 53 %- la arrumbamos en el desván, como los caros juguetes sin estrenar de un niño caprichoso. La otra mitad la infrautilizamos arrojándola al subempleo precario y escasamente productivo. O peor aún: regalamos directamente nuestros caros recursos humanos a las fábricas alemanas o a los hospitales británicos.

Estadísticas y registros, los libros de contabilidad del gran despilfarro, indican que una generación entera se está escurriendo por el desagüe. ¿Qué más necesitan las autoridades para colocar la cauterización de la hemorragia al frente de sus prioridades?