Gobierno de concentración (autonómica)

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

Lo mejor que tiene la Conferencia de Presidentes es el nombre. Parece algo. Y me alegra muchísimo decirlo: ayer, por primera vez y para sorpresa general, ha sido algo. De esa asamblea ha salido lo que tenía que salir: el soñado mensaje de unidad que desde la España autonómica, esa de los despilfarros y la mala prensa, se envía a los mercados. Mariano Rajoy consiguió ayer uno de los éxitos políticos de su mandato: la unanimidad de unos gobernantes de partidos distintos, con intereses enfrentados, en plena crisis territorial, y con recelos mutuos que hace solo dos días parecían insuperables.

¿En qué ha consistido el milagro? En lo que debiera consistir siempre la política: en saber ceder. Primero se consiguió por la vía de la disciplina, y los barones díscolos del PP llegaron a la reunión con sus discrepancias archivadas. Después se accedió a algunas de las necesidades socialistas, como el anuncio de medidas de promoción del empleo, el compromiso de revisar el reparto del déficit, o la promesa de corregir el sistema de financiación. Nadie se podía oponer. La gran lección política del día es que, cuando se necesita un acuerdo, es posible. Cuando hay voluntad de pacto, se pacta, y no importa la ideología ni la militancia. Hubo generosidad por todas partes, y Rajoy pudo cantar victoria: «Hoy España da un buen mensaje». El mensaje era la cuestión. Ha sido como el nacimiento de algo parecido a un Gobierno de concentración, naturalmente, autonómica.

Se ha salvado, por tanto, la penosa imagen previa de las conferencias de presidentes. Creo que ahora habría que dar un paso más: en un Estado que se llama de las autonomías, donde hay 17 Gobiernos con sus correspondientes jefes, reunirlos a todos debiera ser la gran cita institucional, no una graciosa concesión del jefe del Gobierno central, ni el último recurso cuando la nación está sometida a presiones de rescate. Estas reuniones dan músculo a las autonomías, permiten conocer los problemas del vecino, impulsan soluciones conjuntas y demuestran que es difícil, pero posible, gobernar este país. Por eso pido que en el futuro se plantee mejor: que haya un orden del día, y no solo orden de colocación en la foto; que haya trabajos previos de exploración y que se reparta previamente el documento de trabajo, para que los presidentes no acudan con miedo a meterse en una ratonera.

Después de esto, el señor Mas puede seguir con su reclamación de pacto fiscal y sus sueños de soberanía. Los socialistas pueden seguir con su escapada federal. Ahora, por lo menos, hay unos puntos comunes. Es el primer alivio político en mucho tiempo. Yo lo quiero celebrar, pero con esta exigencia: lo que se firma, compromete. Ahora toca cumplir.