¿Triunfarían en Roma nuestros políticos?


Al hilo de la lectura estos días de la reciente biografía de Anthony Everitt, Augusto, el primer emperador, me he hecho la siguiente pregunta: ¿podrían nuestros políticos ibéricos, nunca mejor dicho, dedicarse con éxito a la política en tiempos del Imperio romano? La verdad, no sé qué contestar. Seguramente, sí, aunque no les sería fácil.

La política romana se construía sobre la meritocracia, lo que obligaba a desarrollar, a quien deseaba incorporarse al servicio público, una larga y prolija trayectoria. Hubiera sido imposible asistir en Roma a sonrojantes nombramientos, incluso como ministros, de estos últimos años.

El cursus honorum no solía iniciarse antes de los treinta años, y requería, antes de la llegada a los puestos de mayor dignitas, potestas y auctoritas, de una fructífera carrera. Se empezaba con el cargo de cuestor, encargado de la recaudación de impuestos y del pago de los cónsules y gobernadores provinciales. Después era habitual desempeñar el puesto de edil, al frente de la administración de la ciudad de Roma y organizador de los principales festejos y espectáculos públicos, ¡de cuyos gastos se hacía personalmente cuenta! Más tarde el interesado podía ser designado pretor, esto es, alto oficial del Estado que presidía, en tanto que juez, las cortes de Justicia, y hasta comandaba un ejército en el frente. Y si uno sobresalía en los cometidos señalados, ascendía a la máxima distinción: la de cónsul.

Solo en casos de excepcionalidad política se nombraba un dictador durante un plazo limitado. Demasiados obstáculos, demasiada actividad formativa, demasiados inconvenientes, demasiados sinsabores, pensarían hoy muchos de nuestros representantes.

Además, los cargos eran, esencialmente, temporales. En el caso de los cónsules, el puesto se disfrutaba por un solo año, se ejercía en compañía de otros y podían ser incriminados penalmente. Unas circunstancias por tanto muy diferentes a las que actualmente presiden, en nuestra partitocracia, la vida política nacional y autonómica.

Finalmente, los ciudadanos romanos esperaban que sus hombres de Estado gastaran parte de su fortuna personal en la realización de obras públicas, cuando no hacían entrega de cuantiosas sumas de dinero a un pueblo siempre insatisfecho. Los casos más representativos fueron el foro encargado por Julio César, el imponente teatro construido por Pompeyo el Grande, y las más variadas construcciones durante el principado de Augusto -como el templo de Marte Vengador- y su compañero Agripa. No faltaban tampoco ocasiones en que los autócratas romanos completaban los escuálidos fondos del erario público y compraban tierras para los soldados veteranos que se licenciaban.

¿Se imaginan a nuestros políticos en tales menesteres? Yo, como seguramente ustedes, no. Aunque, si somos rigurosos, tuvimos emperadores nacidos en Itálica: los sevillanos Trajano y Adriano. Pero los emperadores, obviamente, no cuentan.

Por Pedro González-Trevijano Rector de la Universidad Rey Juan Carlos

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