¿Quién está pagando los platos rotos?

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

Que hubo una gran fiesta en este país nadie lo duda. No hay más que ver, si las legañas de la resaca nos lo permiten, los destrozos causados en el tejido productivo, los brazos y cerebros al sol, y las monstruosas deudas acumuladas. Que los Gobiernos, reguladores y supervisores de toda laya hicieron la vista gorda, y fueron cómplices de la orgía, nadie lo discute. No hay más que ver los socavones que, un día sí y otro también, son destapados en la orografía de aquel sistema bancario que tildaban de más sólido del mundo.

Pero que no nos engañe esa aparente coincidencia en el diagnóstico. Tiene truco. No todos fueron invitados al pantagruélico banquete ni todos los comensales participaron del mismo menú. Algunos tragaron a manos llenas, como los cuatro amigos de la grande bouffe suicida que retrató en celuloide Marco Ferreri, y forraron sus bolsillos. Otros tuvieron que conformarse con las migajas sobrantes. Y los de más allá se limitaron a servir la mesa y tal vez, entre plato y plato, engullir a escondidas algún bocado. Por esa razón, cada vez que alguien dispara la consabida muletilla de que «hemos vivido por encima de nuestras posibilidades», habría que apostillar: sí, pero unos más que otros.

Lo peor, no obstante, vino cuando se apagaron las luces, cesó la música y el metre presentó al cobro la gruesa factura. ¿Quién está pagando la orgía? ¿Los participantes de la grande bouffe o los pinches de cocina? Para el FMI, que nunca sacó los pies del tiesto de la ortodoxia, la respuesta no admite paliativos: los ricos son más ricos y los pobres son más pobres desde que comenzó la crisis en España. La brecha entre unos y otros ha crecido un tres por ciento. De toda Europa, sentencia la institución, solo en Lituania aumentó más la desigualdad en los últimos años.

La segunda prueba irrefutable la proporciona la Comisión Europea, la misma que exige austeridad y recortes como penitencia por los excesos cometidos. Véanse los datos de Eurostat, a disposición de todo hijo de vecino. En el 2007, último año de farra, los ingresos de la décima parte de la población española, la que ocupa la privilegiada cúspide de la pirámide, eran nueve veces superiores a los que percibía el diez por ciento más pobre. En el 2010, tres años después de hipócritas apelaciones a remar todos juntos y arrimar el hombro colectivamente, la renta de los de arriba es 17,2 veces mayor que los ingresos de los de abajo. Han leído bien: 17,2 veces. Tremenda progresión, indicativa de quiénes están pagando los platos rotos: los que servían la mesa. Es decir, sin zarandajas ni metáforas, los trabajadores en paro o en precario, los jóvenes sin futuro y las familias más vulnerables. Somos campeones de Europa en fútbol y en desigualdad. Tal vez en eso consista el orgullo de ser español.